El Departamento de Estado de Estados Unidos anunció un nuevo paquete de 6 millones de dólares en ayuda humanitaria directa para Cuba, una respuesta concreta a la escasez de alimentos y a la crisis de electricidad que el régimen sigue sin resolver para la población.
La asistencia saldrá desde Miami en productos ya empacados y será distribuida en la isla por la Iglesia Católica y Cáritas, en coordinación con el gobierno estadounidense. Washington apostó por ese mecanismo para evitar que el régimen interfiera, desvíe o manipule los suministros destinados a los cubanos más necesitados.
El envío sigue una primera entrega de 3 millones de dólares realizada el mes pasado bajo el mismo esquema. Entonces llegaron por vía aérea desde Miami cargamentos de alimentos, insumos de higiene y kits para tratar agua, distribuidos entre familias afectadas por el huracán Melissa. La fórmula, diseñada para pasar por encima del control castrista, dejó en evidencia que la ayuda llega mejor cuando La Habana no mete la mano.
El Departamento de Estado advirtió que el régimen no debe intentar obstaculizar la asistencia y aseguró que vigila cualquier intento de desvío o sabotaje. También dejó abierta la posibilidad de ampliar el apoyo directo si La Habana permite que llegue sin interferencias a la población.
Mientras Washington mueve ayuda concreta, el aparato castrista responde con su libreto de siempre: propaganda, victimismo y presión contra cualquiera que se acerque a los cubanos de a pie. El encargado de negocios de la embajada estadounidense en La Habana, Mike Hammer, viajó a Cacocum para verificar la distribución de la ayuda y volvió a despertar la irritación de la dictadura, que lo acusa de actuar como un “agente subversivo” por cumplir funciones diplomáticas normales y conversar con la gente.
La visita se produjo después de un nuevo “acto de repudio” montado por las turbas del régimen contra el diplomático, una vieja herramienta de intimidación política usada para sembrar miedo y castigar cualquier contacto con la sociedad cubana.
En paralelo, Díaz-Canel volvió a escudarse en consignas gastadas. En una comparecencia pública llamó a los cubanos a “resistir creativamente” y admitió que vienen tiempos difíciles, mientras seguía sin asumir la ruina que su aparato ha descargado sobre el país. También repitió el discurso de la “presión externa” para desviar la responsabilidad del castrismo por la crisis de combustible, apagones y desabastecimiento.
El gobernante insistió en que Cuba no recibe petróleo desde diciembre y habló de un bloqueo a tanqueros venezolanos, pero omitió el crudo que el régimen recibió de México a inicios de enero. Más tarde volvió a abrir la puerta a un diálogo con Estados Unidos, aunque bajo condiciones que le permitan al castrismo conservar su narrativa mientras la gente sigue pagando la factura de la crisis.
Desde Sancti Spíritus, un residente resumió el desgaste del país frente al discurso oficial: el gobernante está hablando disparates y la gente ya no lo escucha. Esa distancia entre el poder y la calle retrata el derrumbe moral de un régimen que solo ofrece control, excusas y más miseria.

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