Estados Unidos llegó a considerar las islas Canarias como un objetivo militar durante la guerra contra España de 1898. La mirada de Washington se posó sobre Tenerife, la isla más estratégica del archipiélago por su ubicación frente a las costas africanas y a más de 1.000 kilómetros de la Península Ibérica.
Ese interés no apareció de la nada. Canarias había sido, desde el siglo XV, una plataforma clave para la expansión castellana, la conquista de América y el control del tráfico atlántico. Con el paso del tiempo, y ante la dejación de los Gobiernos de Madrid, el archipiélago quedó con una protección debilitada, justo cuando otras potencias también lo observaban como pieza de tránsito hacia África y el Mediterráneo.
En 1898, la situación defensiva era precaria. Tenerife y las comandancias de La Palma, La Gomera y El Hierro disponían de recursos limitados, mientras Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote tampoco contaban con medios suficientes. El archipiélago carecía de defensas costeras eficaces, el armamento era obsoleto, las tropas eran escasas y la población mostraba poca disposición a incorporarse a filas.
La guerra desatada tras el hundimiento del Maine cambió todavía más el tablero. Estados Unidos salió de aquel conflicto con Cuba, Puerto Rico y Filipinas bajo su control, y la debilidad militar de España abrió la puerta a que la Casa Blanca valorara seriamente ocupar Canarias. Los análisis de la marina estadounidense apuntaron incluso a La Orotava, en Tenerife, como punto vulnerable para una eventual operación.
La amenaza no se quedó en los despachos. La prensa de la época alimentó el miedo de los isleños con versiones sobre un posible avance estadounidense después de la caída de Cuba y Puerto Rico. En el archipiélago, la tensión creció hasta el punto de que el teniente general Mariano Montero y Cordero declaró el estado de guerra el 9 de mayo de 1898.
En Madrid también se sintió la presión. La posibilidad de perder nuevas posesiones insulares aceleró la firma de la paz por parte de Práxedes Mateo Sagasta, mientras en el debate público se llegó a barajar el sacrificio de alguna isla, entre ellas Fuerteventura, considerada de escaso valor estratégico por su baja población y la falta de lluvias.
La guerra terminó en agosto de ese año y Canarias quedó fuera del reparto final. Pero el episodio dejó claro hasta dónde podía llegar el expansionismo estadounidense cuando encontraba un territorio debilitado y un adversario incapaz de defenderlo. La historia de 1898 recuerda que, para Washington, las islas del Atlántico siempre han sido algo más que puntos en el mapa.

Sé el primero en comentar