La escasez de combustible hunde a La Habana y acelera la crisis cubana

La Habana volvió a quedar atrapada entre apagones, falta de combustible y una economía que se hunde a ojos vista. La crisis energética ya golpea la vida de miles de familias, paraliza actividades, vacía hoteles y empuja a más cubanos a buscar salida en la emigración. En el centro de ese derrumbe está el régimen, incapaz de sostener ni siquiera los servicios mínimos mientras pide a la población que aguante más sacrificios.

El golpe más visible cayó sobre el turismo, una de las pocas vías de ingreso para trabajadores que vivían de mover visitantes, alquilar autos clásicos o sostener pequeños negocios atados al flujo de extranjeros. Con la reducción de combustible y la caída de viajeros, ese sostén se rompió. Hoteles cerrados, vuelos suspendidos desde Rusia y Canadá por falta de combustible para aeronaves y la cancelación de eventos que movían divisas dejaron a la vista la fragilidad de un país que depende demasiado de lo que no controla.

La situación no afecta solo a quienes viven del turismo. El sector privado, que también depende de importaciones de alimentos y combustible, cargó con el primer impacto. Sherrit International pausó sus operaciones por la escasez de energía, mientras las autoridades recortaron actividades escolares y laborales para ahorrar recursos. En los hospitales estatales también se limitaron servicios esenciales, una señal brutal de cómo la crisis energética termina entrando por la puerta de la salud y de la mesa de cada cubano.

En los barrios, la consecuencia se ve sin adornos: oscuridad, basura acumulada, apagones que se comentan en cada esquina y una vida diaria marcada por la improvisación. El propio Miguel Díaz-Canel ha recurrido al lenguaje de la “resistencia creativa” y a la idea de vivir como si el país estuviera en tiempos de guerra. Esa retórica sirve para pedir aguante, pero no resuelve nada. Solo confirma que el aparato estatal ha dejado a la población sola frente al desabastecimiento.

La crisis también golpeó la cadena de alimentos. Los productos del campo llegan con más dificultad, los precios de abastecimiento suben y la comida se pierde cuando los cortes de electricidad rompen la cadena de frío. El propio gobierno admitió que, mientras dure la escasez de combustible, habrá municipios donde los alimentos no podrán trasladarse a otras zonas. Es decir, el bloqueo no se queda en la propaganda oficial: se traduce en menos comida, más carestía y más hambre en la calle.

Para los trabajadores que vivían del turismo, el derrumbe ya se convirtió en una cuenta pendiente con el futuro. Mandy Pruna, conductor de autos clásicos en La Habana, suspendió su licencia y comenzó a pensar en emigrar junto a su familia. Su testimonio resume el desamparo de quienes quedaron a la deriva: sin combustible, sin turismo y sin una respuesta real del régimen. Cuando hasta un oficio ligado a la imagen de apertura de la isla se vuelve inviable, el fracaso económico queda expuesto sin maquillaje.

Desde Miami y otras comunidades del exilio, el debate volvió a dividirse entre el sufrimiento inmediato de los cubanos y la necesidad de cortar el financiamiento que sostiene a la dictadura. María Elvira Salazar pidió frenar turismo, remesas y cualquier flujo que alimente al régimen. Detrás de ese reclamo está una realidad que La Habana intenta maquillar con consignas: el modelo cubano depende de subsidios, de recursos externos y de una maquinaria política que ha preferido resistir antes que abrir la economía y devolverle al país una vida normal.

La cancelación del festival de Habanos, que solía dejar millones, terminó de cerrar el círculo de una crisis que ya no se puede esconder con discursos. Cuba enfrenta una combinación de apagones, desabastecimiento, caída turística y salida de mano de obra. El resultado es un país más pobre, más inmóvil y más presionado a emigrar, mientras el régimen insiste en administrar la escasez como si fuera una virtud.

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