José Daniel Ferrer salió al paso de las declaraciones de Jorge Perugorría sobre la crisis en Cuba y lo acusó de encubrir al régimen al responsabilizar a Donald Trump de un desastre que, según el opositor, tiene un solo culpable: la dictadura castrista. La respuesta llegó después de que el actor dijera en el Festival de Cine de Málaga que la política de “estrangular” a la isla la empuja hacia una crisis humanitaria.
En un mensaje difundido en redes sociales, el líder de la UNPACU calificó de “miserable” la postura del artista y sostuvo que los responsables reales del colapso cubano son las autoridades que han gobernado la isla durante décadas. Ferrer también cerró filas con Trump y afirmó que, de culminar sus políticas hacia Cuba, podría quedar en la historia como “el Libertador del Siglo XXI”.
El choque expone una grieta conocida dentro y fuera de Cuba: la insistencia del discurso oficial y de parte del entorno cultural en cargar sobre Washington el peso de la miseria nacional, mientras la vida diaria dentro de la isla desmiente cualquier intento de absolución para el poder. Perugorría dijo que Cuba vive “el peor momento de la historia” y vinculó la gravedad de la situación a la presión estadounidense, pero al mismo tiempo describió una realidad que ya no admite propaganda: combustible escaso, rodajes paralizados y una producción cinematográfica quebrada por la falta de recursos.
El propio actor reconoció que tuvo que detener una película por la ausencia de combustible y que en el último año apenas se hicieron “cuatro o cinco” filmes en la isla. Mirtha Ibarra, presente en la misma presentación, fue todavía más gráfica: habló de apagones de hasta 48 horas, falta de agua y un país “en el piso”. Ese retrato, lejos de salvar al régimen, lo deja desnudo frente a su incapacidad para sostener servicios básicos y preservar siquiera la vida cultural.
Perugorría no habla desde fuera del sistema. Su nombre ha aparecido antes en momentos de alta tensión política, como el 27 de noviembre de 2020, cuando actuó como interlocutor entre autoridades y artistas frente al Ministerio de Cultura. También mantiene proyectos empresariales y culturales en La Habana, dentro de un circuito que sigue funcionando bajo las reglas del poder. Por eso sus palabras cargan un peso político mayor: reflejan la comodidad de una élite cultural que puede reconocer la ruina del país sin señalar con claridad a quien la provoca.
La discusión vuelve a dejar al descubierto una realidad elemental para cualquier cubano: la crisis no nace en un festival ni se resuelve con discursos sobre el embargo. La escasez de combustible, la parálisis de la producción, los apagones y el derrumbe de los servicios básicos son consecuencias directas de un modelo agotado, administrado por un régimen que ha convertido la pobreza en política de Estado y luego busca repartir culpas hacia afuera para evadir su responsabilidad.

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