La Habana volvió a colocarse del lado de Teherán en medio de la guerra en Oriente Medio. El canciller cubano, Bruno Rodríguez, conversó por teléfono con su homólogo iraní, Abás Araqchí, sobre «los últimos acontecimientos» y las «consecuencias de la agresión de Estados Unidos e Israel» contra Irán, según informó el propio ministro en redes sociales.
En ese intercambio, Rodríguez repitió la línea habitual del régimen: denunció los ataques, pidió redoblar la presión internacional y exigió al Consejo de Seguridad y a la Asamblea General de la ONU que actúen para frenar la escalada. La Habana presentó a Israel y Washington como responsables de una agresión ilegal, mientras insistía en la supuesta defensa de la soberanía iraní.
El mensaje político fue más lejos. El canciller cubano expresó condolencias por la muerte del líder supremo de la Revolución Islámica, Alí Jameneí, y por la de «cientos de ciudadanos iraníes», entre ellos las niñas de una escuela primaria de Minab. Esa postura confirma la cercanía de dos gobiernos que llevan décadas sosteniéndose mutuamente en foros internacionales y en su retórica contra Estados Unidos.
Irán ha cifrado en al menos 1.332 los civiles fallecidos por los ataques. Con ese dato sobre la mesa, el alineamiento de La Habana vuelve a dejar claro que el régimen prioriza sus alianzas ideológicas y diplomáticas antes que cualquier lectura prudente de la crisis. Cuba, que arrastra sus propias ruinas económicas y sociales, insiste en jugar a la geopolítica mientras adentro no resuelve ni lo básico.
La relación entre La Habana y Teherán no es nueva ni circunstancial. Ambos gobiernos han sido aliados estrechos durante décadas, y cada episodio de tensión internacional sirve para reforzar esa sintonía política. En el caso cubano, esa coincidencia vuelve a exponer la preferencia del régimen por los bloqueos diplomáticos, la confrontación y los pactos con regímenes autoritarios, en lugar de una política exterior centrada en los intereses reales de los cubanos.

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