El dramaturgo y director teatral Freddys Núñez Estenoz, al frente del grupo Teatro del Viento en Camagüey, publicó un mensaje en redes donde retrata a Cuba como un país roto por la escasez, el control político y la fuga constante de su gente. Su texto, escrito en clave poética, termina funcionando como una acusación directa contra el régimen que ha llevado a la isla a este punto de desgaste.
En su publicación, Núñez Estenoz habla de una nación que quedó “varada al borde del intento”, atrapada en la espera eterna de decisiones arriba y sometida a una maquinaria que paraliza la vida diaria. La imagen no deja espacio para ambigüedades: denuncia un país secuestrado por el centralismo, donde todo depende de una firma, un decreto o la voluntad del poder.
El teatro, la cultura y la vida familiar aparecen en su mensaje como víctimas de ese derrumbe. El autor describe un país que “se deshidrató de tanta ausencia”, que “se encogió de tanta rabia” y que terminó estallando por “sobredosis de oportunismo y alabanza”. Detrás de esa frase está la realidad que viven millones de cubanos: colas, carencias, hogares fragmentados y una sociedad obligada a sobrevivir entre inventos y renuncias.
Uno de los pasajes más duros señala cómo el poder convirtió la cotidianidad en vigilancia. Núñez Estenoz acusa al sistema de haber dejado solas a las abuelas, los abuelos, las madres y los padres, mientras imponía una obsesión por controlar “el día, la noche y el sueño” de cada cubano. Esa línea resume el daño político del castrismo: no solo empobreció al país, también intervino hasta en la vida íntima de la gente.
El mensaje toca además una herida que el régimen ya no puede ocultar: la emigración como salida de generaciones enteras que dejaron atrás la isla porque Cuba dejó de ofrecerles futuro. Cuando un creador habla de un país exhausto y de familias rotas, está describiendo también el resultado humano de un modelo que expulsó a sus propios ciudadanos.
Pese al tono devastador, el director teatral insiste en que todavía queda una posibilidad de reconstrucción, pero solo si los cubanos asumen la tarea de enterrar lo que ya murió. Su llamado apunta a una ruptura necesaria con el fracaso acumulado: un país nuevo no puede nacer mientras el régimen siga administrando ruinas, consignas y obediencia.
Las palabras de Núñez Estenoz se suman a una corriente cada vez más visible dentro de la cultura cubana: artistas e intelectuales que ya no se conforman con callar ante el colapso nacional. En esa voz hay algo más que desahogo personal. Hay una denuncia pública del desastre que el poder insiste en maquillar y que la vida diaria desmiente a cada paso.

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