El régimen cubano sacó a escena en La Habana la distribución de frijoles negros donados por México, justo cuando la ayuda humanitaria quedó bajo sospecha por denuncias de que una parte terminó en tiendas estatales que venden en dólares. La movida busca mostrar control, pero también deja al desnudo la fragilidad del sistema de abastecimiento y la desconfianza que rodea cada entrega oficial.
El Ministerio de Comercio Interior informó en redes sociales que el reparto continúa en Arroyo Naranjo, en los consejos populares Mantilla, Calvario Fraternidad, Los Pinos y La Güinera. Según el anuncio, la entrega se hace por la libreta de abastecimiento y se ajusta al tamaño del núcleo familiar: un kilogramo para hogares de uno a cuatro consumidores, dos para los de cinco a ocho y tres para los de nueve o más.
La distribución forma parte de un donativo enviado por México que incluye alimentos y productos de aseo. Los reportes oficiales dicen que el apoyo se dirige primero a niños de cero a 13 años, personas mayores de 65, embarazadas y familias vulnerables. En algunas bodegas habaneras ya se entregó un paquete de frijoles por núcleo, y a personas encamadas o en condición vulnerable también les dieron un pequeño módulo con jabón, papel sanitario y pasta dental.
Las autoridades anunciaron además que llegarán pollo para mayores de 65 años, atún y galletas para menores, junto con módulos específicos para embarazadas. El primer cargamento habría incluido unas 277 toneladas de productos, en medio de una crisis económica que el régimen no logra contener ni con donaciones externas ni con su aparato de racionamiento.
La polémica estalló cuando un reportaje de TV Azteca denunció que alimentos enviados como ayuda humanitaria habrían aparecido a la venta en tiendas estatales que operan en moneda libremente convertible. El régimen rechazó esas acusaciones y aseguró que las donaciones se entregan gratis a la población priorizada, pero la sola existencia del debate golpea una vez más la credibilidad de un sistema donde la escasez, el control centralizado y el negocio en divisas conviven sobre la misma mesa.
En Cuba, una ayuda que llega para aliviar la mesa de los más necesitados termina convertida en vitrina política y en objeto de sospecha. El problema ya no es solo el hambre ni el reparto miserable de frijoles por libreta. También es el destino opaco de lo que entra al país y la forma en que el régimen administra hasta la solidaridad extranjera dentro de un esquema que privilegia el control antes que la transparencia.

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