El helicóptero militar que exhibe el fracaso de la salud cubana

Un niño de la Isla de la Juventud fue trasladado de urgencia a un hospital de La Habana en un helicóptero de las Fuerzas Armadas, y el régimen intentó convertir ese hecho en propaganda de éxito. La operación fue presentada por sus medios como una prueba de “bondad” y “humanismo”, cuando en realidad dejó al descubierto la ruina de la atención médica en Cuba y la dependencia total de los cubanos de una estructura militar que absorbe recursos mientras el sistema de salud se desmorona.

La escena resume una vieja maniobra del castrismo: exhibir como hazaña lo que debería existir por derecho y con normalidad. En un país donde faltan ambulancias para trasladar enfermos y hasta los funerales tropiezan con la escasez de carros fúnebres, un helicóptero militar termina ocupando el lugar que debería corresponder a un servicio sanitario civil, estable y bien equipado. El contraste revela la falsedad de la llamada “potencia médica” y también la pobreza material que la sostiene.

El texto parte de una verdad más profunda: las Fuerzas Armadas se han convertido en un ente parasitario dentro del Estado cubano. Cuando un hospital necesita apoyo, cuando toca recoger basura, cuando hay que fumigar contra mosquitos o resolver cualquier urgencia, el régimen recurre al uniforme verdeolivo porque las instituciones civiles han sido vaciadas de recursos. La salud pública, la producción de alimentos y otras necesidades básicas quedan relegadas mientras la cúpula militar conserva privilegios, equipos y presupuestos.

La carga de esa distorsión no recae sobre los jefes, que viven en un universo blindado por la seguridad, el combustible, las vacaciones en Varadero, la atención médica especializada y todo un sistema de beneficios que el cubano de a pie jamás verá. Recae sobre las familias que esperan por una ambulancia, sobre los pacientes que se agravan sin tratamiento y sobre una sociedad obligada a celebrar como milagro lo que en cualquier país funcional sería un servicio elemental.

Detrás de la propaganda queda expuesta la estructura real del poder en Cuba: una élite militar que manda, reparte y consume mientras la población sobrevive entre apagones, hambre, hospitales infectados y miedo. El traslado del niño en un helicóptero no dignifica al régimen; lo retrata. Muestra hasta qué punto el castrismo ha destruido lo civil, subordinado la vida nacional a los intereses de los uniformados y deformado la noción misma de ayuda hasta convertir la excepción en espectáculo.

La lectura política es clara. Mientras los militares sigan blindados como dueños del país, cada gesto de asistencia seguirá cargado de propaganda y cada carencia seguirá siendo presentada como sacrificio heroico. Cuba no necesita más consignas sobre resistencia. Necesita desmontar el poder que convirtió la necesidad en escenario y la desgracia cotidiana en argumento para la mentira oficial.

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