La jornada de oración “Salvar a Cuba” llegó a sus dos meses dentro de la isla con activistas, expresos políticos y familias opositoras sumados a una campaña que, desde Holguín y otras provincias, vuelve a pedir libertad para Cuba y para los presos políticos. El dato importa porque muestra que la resistencia también está encontrando espacio en la fe, precisamente cuando el régimen mantiene cerrado el espacio cívico.
Desde enero, la iniciativa ha reunido a cubanos dentro del país y a integrantes de la comunidad internacional en una cadena de oraciones que busca empujar cambios en la realidad nacional. La Asamblea de la Resistencia Cubana ha respaldado ese empeño y lo ha presentado como un esfuerzo para levantar el poder espiritual de la nación cubana y abrir un nuevo capítulo para la isla.
Entre las voces que se han sumado figura la familia Miranda Leyva, en Holguín, donde expresos políticos y de conciencia oraron por el fin de la tiranía y la libertad de todos los presos políticos. También se pronunciaron desde esa provincia Rafael Rodríguez, del Movimiento Opositores por Una Nueva República, y Alexander Santisteban, de la Alianza Democrática Oriental, con llamados directos contra la dictadura y a favor de un cambio real.
La jornada revela hasta qué punto el régimen ha empujado la protesta a formas dispersas, familiares y religiosas. Cuando la crítica pública y la organización ciudadana siguen bajo control, la oposición termina refugiándose en espacios que el poder no consigue asfixiar del todo. La oración se convierte entonces en denuncia, en amparo y en una manera de sostener la dignidad frente al castigo político.
Fuera de Cuba, el lema “Salvar a Cuba” también sirvió de título a una conferencia del Directorio Democrático Cubano en Miami, con más de 300 asistentes y una audiencia virtual que superó el millón de espectadores. Ese eco dentro y fuera de la isla confirma que la consigna ha dejado de ser un gesto aislado y se ha convertido en una expresión más amplia de rechazo al castrismo.
La consecuencia política es clara: mientras el régimen mantiene el control sobre la vida pública, la censura y la vigilancia, crece la necesidad de buscar otros lenguajes para decir lo mismo de siempre, que Cuba necesita libertad. En esa presión moral y ciudadana está el verdadero peso de una jornada que ya cumple dos meses y sigue viva dentro de la isla.

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