La Feria Internacional del Libro de La Habana quedó cancelada y el régimen volvió a esconder detrás del discurso del embargo una realidad mucho más elemental: la falta de combustible para mover la ciudad y sostener un evento de esa magnitud. La decisión deja al descubierto, otra vez, hasta qué punto la administración castrista depende de parches, excusas y aplazamientos cuando la crisis aprieta.
La suspensión golpea una de las vitrinas culturales más visibles de la capital y confirma el deterioro de una vida pública cada vez más sometida a la escasez. Cuando el combustible falta, se paralizan transportes, servicios y también la propaganda cultural con la que el poder intenta maquillar su propio desastre. La feria, presentada durante años como símbolo de prestigio, termina pagando la factura de un país desordenado y exhausto.
El régimen insiste en atribuir el tropiezo al bloqueo petrolero de Estados Unidos, pero el fondo del problema está en su incapacidad para garantizar lo básico. Cuba vive atrapada entre apagones, desabastecimiento y una economía estrangulada por décadas de centralismo y mala gestión. La cancelación de la feria no solo afecta a lectores, editores y autores; también recuerda que la cultura, bajo el castrismo, depende de la misma precariedad que castiga al resto de la sociedad.
La imagen es incómoda para el poder: una capital sin combustible suficiente para abrir su principal feria del libro. En un país donde el discurso oficial presume resistencia, la realidad vuelve a ser más dura que la propaganda. La suspensión revela un régimen incapaz de sostener ni siquiera los actos que usa para proyectar normalidad.

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