Moscú volvió a convertir la guerra en Oriente Medio en una tribuna política. Serguéi Lavrov habló por teléfono con el canciller iraní, Abás Araqchí, y después acusó a Estados Unidos e Israel de una «agresión armada no provocada» contra Irán, al tiempo que advirtió sobre consecuencias graves para toda la región.
La posición rusa, difundida por el Ministerio de Exteriores, insiste en que esas acciones violan el derecho internacional y empujan a Oriente Próximo a una escalada de alto riesgo. Moscú también se ofreció a respaldar salidas políticas y diplomáticas para frenar la crisis, una fórmula que Rusia usa mientras trata de conservar margen de maniobra en un conflicto que le sirve para confrontar a Washington en varios frentes a la vez.
Lavrov amplió el mensaje con otra declaración dirigida directamente a Estados Unidos, al asegurar que Washington no se detendrá ni en Irán ni en Cuba en su intento de administrar otros países. Con esa frase, el canciller ruso metió a la isla en una disputa global que el régimen cubano lleva décadas explotando como excusa para blindarse, culpar al exterior de sus fracasos y presentarse como víctima permanente de una potencia extranjera.
El problema de fondo es que Moscú denuncia ahora el desprecio al derecho internacional con el mismo lenguaje que otros gobiernos y organismos usan contra la campaña militar rusa en Ucrania. Esa contradicción le resta fuerza moral al discurso del Kremlin, pero no le quita utilidad política: Rusia busca colocarse del lado de quienes denuncian a Washington mientras protege sus propios intereses y alimenta su pulso con Occidente.
La conversación de Lavrov con el canciller de Omán, país que ha actuado como mediador entre Irán y Estados Unidos, apunta en la misma dirección. Rusia intenta no quedar fuera de las negociaciones, sostener vínculos con actores del Golfo Pérsico y venderse como pieza útil en una región donde cada movimiento diplomático tiene impacto inmediato sobre la seguridad y el precio de la estabilidad.
Mientras tanto, Putin habló por separado con varios líderes del Golfo Pérsico, entre ellos Catar, Baréin, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí. El intercambio confirma que Moscú está moviendo sus fichas en medio de una guerra que desordena toda la zona y que también le permite reforzar su narrativa contra Estados Unidos, incluida la referencia a Cuba como parte de su mismo conflicto político.

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