El canciller ruso Serguéi Lavrov volvió a meter a Cuba en el centro de la disputa entre Washington y Moscú al afirmar, en una entrevista con RT, que Estados Unidos declaró a la isla una amenaza para sus intereses en el Caribe y que esa lectura está atada, en parte, a la política hostil de Rusia.
Lavrov aseguró que un documento reciente sobre Cuba declaró un estado de emergencia por el supuesto peligro que la isla representa para los intereses estadounidenses, y situó esa decisión dentro de la escalada de presión que la Casa Blanca mantiene sobre La Habana. La frase confirma hasta qué punto el régimen cubano sigue pagando el costo de ser pieza útil en una confrontación ajena, mientras el pueblo arrastra el embargo y una cadena de medidas coercitivas que ahogan todavía más la economía.
El jefe de la diplomacia rusa aprovechó la misma conversación para denunciar el intento de expulsar a las empresas petroleras rusas de Venezuela. Dijo que se busca sacar a esas compañías del país latinoamericano y que, al mismo tiempo, se presiona a otros mercados para que dejen de comprar petróleo y gas rusos y los sustituyan por suministros estadounidenses. También recordó que las sanciones contra Rusia siguen vigentes y que se han sumado nuevas restricciones contra Lukoil y Rosneft.
En el caso cubano, el mensaje de Washington se ha endurecido con el tono de Donald Trump, que ha amenazado con aumentar la presión sobre la isla. El mandatario llegó a decir que “entrar y destrozar” Cuba podría ser la única opción para forzar un cambio. La semana pasada firmó además un decreto que le abre la puerta a imponer aranceles a las importaciones de países que vendan o suministren petróleo a Cuba.
La respuesta de Miguel Díaz-Canel siguió el libreto de siempre: Cuba es libre, independiente y soberana, nadie le dicta qué hacer y el país se prepara para defender la patria hasta la última gota de sangre. Esa retórica de resistencia convive con un desastre económico que el castrismo no ha sabido resolver y que termina castigando, una vez más, a los cubanos de a pie.
La presión externa, la pelea entre potencias y el bloqueo vuelven a caer sobre una isla gobernada por un régimen incapaz de ofrecer salida. Cuba queda otra vez como tablero de guerra geopolítica, mientras la población carga con el costo real de esa jugada.

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