Mario Díaz-Balart elevó este miércoles el tono contra cualquier amenaza dirigida a funcionarios estadounidenses en Cuba, Venezuela u otros escenarios donde el hostigamiento político se ha vuelto costumbre de regímenes que viven de la intimidación. El congresista cubanoamericano advirtió que ese tipo de acciones tendrá consecuencias y dejó claro que Washington no piensa conceder impunidad a quienes pongan en riesgo vidas estadounidenses.
Su reacción llega después de los actos de repudio organizados por simpatizantes del régimen cubano contra Mike Hammer, jefe de la misión diplomática de Estados Unidos en La Habana, durante un recorrido por varias localidades del centro del país. La escena encaja con el manual de siempre: presión callejera, escarmiento político y movilización de fieles para obstaculizar cualquier contacto entre la diplomacia norteamericana y la ciudadanía cubana.
Washington condenó los hechos y acusó al régimen de intentar interferir con la labor diplomática estadounidense. Desde la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado exigieron que cesen de inmediato esos actos represivos y denunciaron que el aparato oficial envía personas a entorpecer el trabajo de la embajada. La respuesta norteamericana también dejó una advertencia política: sus diplomáticos seguirán reuniéndose con el pueblo cubano pese a las tácticas de intimidación de La Habana.
El episodio en Cuba se enlaza con la alerta lanzada por la representante María Elvira Salazar sobre amenazas violentas contra la enviada estadounidense en Venezuela, Laura Dogu, luego de mensajes atribuidos a simpatizantes del chavismo que aludían al uso de armas. Salazar describió al régimen venezolano como una estructura criminal sostenida por la intimidación, la violencia y el miedo, y aseguró que cualquier agresión contra un diplomático estadounidense recibirá una respuesta contundente.
La advertencia de Díaz-Balart resume el costo político de estos métodos. Cuba y Venezuela siguen usando la amenaza como herramienta de control, exhibiendo el mismo desprecio por la diplomacia, la ley y la seguridad de quienes representan a Estados Unidos. En ese terreno, el mensaje fue directo: la impunidad tiene un límite.

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