Un mes después de su detención, Nicolás Maduro permanece aislado en una base militar venezolana y su entorno político sigue sin dar una explicación convincente de hasta dónde llega el derrumbe del viejo poder chavista. El hombre que durante más de doce años fue rostro de la izquierda autoritaria en América Latina aguarda ahora el curso de un proceso judicial que lo dejó fuera de control y expuso la fragilidad de su aparato.
Maduro y su esposa Cilia Flores están recluidos en el Metropolitan Detention Center de Brooklyn, una prisión federal conocida como “El Hoyo”, donde las condiciones son duras y la vigilancia es estricta. Su primera vista ante el juez Alvin K. Hellerstein quedó fijada para el 17 de marzo, mientras Washington mantiene bajo llave cualquier detalle sobre su situación interna o sobre la posibilidad de contacto entre ambos.
El encierro del exdictador ocurre en medio de una operación política que busca colocar a Delcy Rodríguez al frente de una transición diseñada desde fuera. La Casa Blanca apuesta por una salida controlada, con una pieza surgida del propio oficialismo, en lugar de empujar a figuras como María Corina Machado o Edmundo González Urrutia, cuya fuerza dentro de los centros de poder venezolanos es mucho menor, sobre todo en el ejército. En ese plan, la colaboración de Maduro sería útil para el nuevo reparto.
Delcy Rodríguez ya se mueve en esa dirección. Ha cumplido varias de las exigencias planteadas por Washington, desde la amnistía parcial a presos políticos hasta la promesa de cerrar la prisión del Helicoide, además de abrir la puerta a la venta de petróleo a Estados Unidos y al bloqueo del régimen de Miguel Díaz-Canel en Cuba. El giro revela hasta qué punto la vieja lealtad bolivariana quedó enterrada bajo la urgencia de sobrevivir.
La defensa de Maduro ha renunciado a pedir libertad bajo fianza y prepara una línea centrada en presentarlo como preso político y no como narcotraficante vinculado a un grupo terrorista. Su abogado, Barry Pollack, insiste en su condición de jefe de Estado secuestrado en su propio país, una tesis que intenta poner a salvo al detenido mientras el expediente judicial sigue su curso en Nueva York.
Contra Maduro y Cilia Flores pesan acusaciones de conspiración para narcoterrorismo, conspiración para la importación de cocaína, posesión de ametralladoras y artefactos destructivos, además de la conspiración para poseer esos mismos equipos. El Departamento de Justicia retiró la acusación principal relacionada con el llamado Cártel de los Soles, un nombre que se ha usado desde antes del chavismo para identificar tramas de corrupción y sobornos ligadas a la cocaína dentro de las fuerzas de seguridad.
Ese matiz deja al descubierto una parte esencial del caso: el peso político de la operación es innegable, pero el expediente sigue buscando sustento penal suficiente para sostener la acusación. El Departamento de Estado y el Departamento de Justicia continúan revisando cuentas y posibles vínculos con carteles colombianos y mexicanos, mientras el juez Hellerstein se prepara para un proceso que exigirá pruebas sólidas y no propaganda.
En Venezuela, la represión sigue intacta y la oposición continúa sin poder organizarse con libertad. El país dejó atrás la tutela militar de Maduro, pero cayó de inmediato bajo otra forma de dominación impuesta desde afuera. El derrumbe del chavismo no abrió una transición limpia; abrió una etapa nueva de control, maniobra y cálculo, con el pueblo otra vez excluido de la decisión de fondo.

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