Marrero insiste en cambios sin tocar el sistema en Cuba

Manuel Marrero Cruz volvió a sacar a flote este jueves el discurso oficial de los “cambios” en Cuba, una fórmula que el régimen repite para ganar tiempo mientras mantiene intacto el poder. Lo hizo durante los Consejos Provinciales Extraordinarios de Gobierno celebrados en Granma y Holguín, en una jornada donde habló de ajustes, de mentalidad distinta y de movilizar reservas internas, pero sin admitir una sola reforma de fondo.

“No podemos tener miedo a los cambios”, dijo el primer ministro, y enseguida dejó marcada la frontera que La Habana no piensa cruzar: “No vamos a cambiar las raíces fundacionales de nuestra revolución, no vamos a cambiar nuestros principios, ni nuestro sistema socialista”. Esa es la clave de su mensaje. El régimen quiere que la población oiga la palabra cambio, pero sin asociarla nunca con libertades, apertura política o desmontaje del aparato que ha hundido al país.

El encuentro estuvo dedicado a “ajustar el Plan Económico y Social para 2026” en medio de lo que el propio Marrero describió como “una economía de guerra”. El lenguaje confirma la gravedad del colapso, pero también el reflejo autoritario de la cúpula: más control, más disciplina, más presión desde arriba y ninguna señal de solución real para la vida cotidiana de los cubanos.

“No se puede seguir dirigiendo desde reuniones e informes; hay que dirigir en la calle, junto al pueblo”, afirmó Marrero. La frase suena a corrección administrativa, pero en la práctica apunta a lo de siempre: reforzar la supervisión sobre los municipios y cargar sobre la base el peso de una crisis que nace en la cúpula y se descarga hacia abajo. El régimen habla de eficiencia mientras conserva intacta la estructura que bloquea cualquier salida productiva.

El 22 de enero, en Ciego de Ávila, Marrero ya había pedido a los cuadros comunistas que “flexibilicen su mentalidad” y que “no se actúe como si todo estuviera normal”. Ese mismo día, Miguel Díaz-Canel repitió en Cienfuegos un discurso casi idéntico, con llamados a “pensar diferente” y a buscar prosperidad, siempre bajo la obediencia al Partido Comunista y sin tocar la arquitectura política que sostiene la crisis.

La coincidencia entre ambos revela una línea común: el régimen intenta vestir de novedad un modelo agotado. Hablan de cambio, pero exigen más compromiso, más trabajo y más disciplina dentro del mismo andamiaje que controla la economía y asfixia cualquier iniciativa real. Lo que presentan como renovación queda reducido a propaganda para sostener una maquinaria que no quiere ceder poder.

En medio de la presión internacional, con la caída del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela y la política firme de Washington hacia La Habana, la cúpula cubana ensaya otro tono para su discurso. Sin embargo, su límite sigue siendo el mismo de siempre: no piensan tocar el sistema que los mantiene en el poder desde hace más de 60 años.

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