Manuel Marrero volvió a refugiarse en el viejo estribillo del “plan contra plan” justo cuando Cuba arrastra una crisis de combustible que paraliza el país, castiga el transporte y agrava los apagones y la escasez en la vida diaria. El primer ministro acompañó su mensaje en X con una cita de Martí y la etiqueta #CubaVencerá, una fórmula de propaganda que intenta vestir de épica una realidad mucho más cruda.
La publicación llegó en medio del malestar ciudadano por los cortes eléctricos prolongados y la falta de carburantes, dos golpes que se sienten en la calle, en los centros de trabajo y en los servicios básicos. Cuando no hay combustible, se resiente todo: el traslado de personas, la distribución de bienes, la actividad económica y la capacidad del Estado para sostener lo mínimo.
Mientras el régimen insiste en el lenguaje de la confrontación, Marrero reconoció la semana pasada que el problema exige medidas urgentes y un control más estricto de los recursos en cada territorio. También admitió que las mipymes cubanas ya han empezado a importar combustibles, un dato que desnuda hasta qué punto el aparato estatal depende de quienes antes miraba con recelo para sostener áreas estratégicas del país.
Ese giro confirma una verdad incómoda para La Habana: el relato oficial sigue apelando a la consigna, pero la crisis la resuelven a medias los emprendedores y la soporta el pueblo. Cuba lleva demasiado tiempo atrapada en la escasez, con un Gobierno incapaz de ofrecer salidas reales y una dirigencia que responde con lemas mientras la economía se hunde y la pobreza se expande.
El “plan contra plan” sirve para el discurso, no para mover los ómnibus, encender las termoeléctricas ni aliviar una mesa vacía. En medio del colapso energético, la insistencia de Marrero deja al descubierto el fracaso de un modelo que vive de la propaganda y descarga sobre los cubanos el costo de su propia impotencia.

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