Masones eligen nuevo Gran Maestro tras caída de Filema

La Gran Logia de Cuba cerró este sábado una de sus peores etapas de conflicto interno con la elección de José Manuel Valdés Menéndez-Cuesta como nuevo Gran Maestro. La votación, celebrada en el Edificio Nacional Masónico de La Habana, marcó el final de la usurpación de Mayker Filema, sostenida durante meses entre presiones, maniobras y respaldo del Ministerio de Justicia.

La jornada arrancó con tensión desde temprano. Representantes de unas 130 logias de todo el país llegaron al edificio y quedaron atrapados en un forcejeo que prolongó la sesión durante horas. Filema insistía en limitar la presencia a los delegados de logias no suspendidas, una condición que dejaba fuera a la mayoría de los presentes y favorecía a quienes se habían alineado con sus violaciones a la legislación masónica.

Masóns consultados explicaron que esas suspensiones eran ilegales y que todos los hermanos tenían derecho a participar. Uno de los testigos resumió el pulso de la mañana con una frase clara: de haberse aceptado la maniobra, apenas una veintena de asistentes habría permanecido dentro. La intención era evidente: vaciar la sesión para controlar el resultado y seguir prolongando un mandato sin legitimidad.

El intento de bloquear las elecciones terminó rompiéndose cuando Filema anunció su retiro. La sesión, sin embargo, no se vino abajo. El diputado Gran Maestro, Juan Alberto Kessel Linares, asumió la continuidad del encuentro amparado en la ley masónica, que le permite seguir cuando el titular queda incapacitado. Con ese movimiento, los delegados lograron preservar la convocatoria y avanzar hacia la votación general.

Junto a Filema salieron varios de sus seguidores, aunque dos de sus funcionarios permanecieron en desacuerdo con la salida y respaldando a la Alta Cámara Masónica: Juan Carlos Yero, Gran Tesorero, y Juliannis Galano, Gran Secretario. Pese a ese ruido interno, la asamblea siguió adelante y terminó escogiendo a Valdés Menéndez-Cuesta como nuevo Gran Maestro.

La caída de Filema llega después de un largo pulso con la propia Masonería y con el aparato estatal. Había sustituido a Mario Urquía tras la renuncia de este en agosto de 2024, pero después abandonó una sesión anual para evitar que se convocaran las elecciones que exigían las leyes de la Orden. Más tarde fue destituido por la Alta Cámara, aunque el Ministerio de Justicia se negó a reconocer esa decisión y se aferró a la Ley 54 o Ley de Asociaciones para intervenir en asuntos internos de la institución.

Ese respaldo oficial abrió una etapa de choques cada vez más duros. El régimen no solo blindó a Filema desde las oficinas del Ministerio, también activó a la Seguridad del Estado contra los líderes de la rebelión interna. Kessel Linares fue citado en al menos dos ocasiones y terminó bajo reclusión domiciliaria. La presión estatal convirtió una disputa orgánica de la Masonería en otro episodio de control político sobre una institución que el poder quiere obediente.

La resistencia de los masones alcanzó uno de sus puntos más altos el 6 de julio, cuando unos doscientos miembros se reunieron en la Gran Logia para impedir que Filema siguiera usurpando el cargo. Los seguidores del funcionario trataron de bloquear la entrada, pero la multitud se abrió paso cantando el Himno Nacional Cubano, un gesto de desafío frente a la imposición oficial. Aun así, el Ministerio de Justicia siguió respaldando al dirigente caído en desgracia y volvió a aplazar la sesión de la Alta Cámara en marzo, alegando supuestas amenazas.

Valdés Menéndez-Cuesta, con más de 25 años dentro de la Masonería, llega al cargo con el reto de recuperar la legalidad y el prestigio de la institución tras casi dos años de desgobierno interno y dos Grandes Maestros destituidos. Su candidatura fue presentada bajo el lema “Unidos somos más fuertes”, en un momento en que la Orden necesita deshacerse de las fracturas, de los infiltrados y de la tutela del régimen.

Ahora queda pendiente la aprobación del Ministerio de Justicia, un trámite que los masones esperan ver resuelto sin nuevas interferencias. Dentro de la propia Orden persiste la convicción de que el oficialismo ya no necesita a Filema y de que no le conviene mantener revueltos por más tiempo a más de 15.000 hombres indignados por una imposición que quiso borrar la voluntad de sus logias.

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