Mireya Jiménez habla de su paso por la Marina Mercante cubana con la crudeza de quien carga años de abuso encima. Resume aquella etapa en una frase que desmonta cualquier propaganda oficial: “mano de obra esclava y barata”. Detrás de esa definición está la experiencia de una trabajadora sometida al control total del régimen, donde un simple gesto de simpatía hacia un exiliado podía terminar en Villa Marista y en la expulsión de la empresa.
Su testimonio retrata una maquinaria de vigilancia diseñada para quebrar voluntades. En los puertos extranjeros, el régimen mantenía a los marineros bajo una disciplina política asfixiante, capaz de convertir cualquier contacto humano en sospecha. La lealtad no se medía por el trabajo cumplido, sino por la obediencia ciega y el silencio. Quien se salía del libreto quedaba marcado.
Jiménez recuerda su estancia en Rumanía a finales de los años ochenta, cuando viajó con otros marineros cubanos para recoger un barco nuevo en los astilleros de Braila. Allí conversó con familias rumanas que repetían el relato impuesto desde La Habana, convencidas de que en la isla todos respaldaban a los Castro. Ella les respondió con una verdad que en Cuba costaba cárcel: muchos los odiaban, pero callaban por miedo a perderlo todo.
En Bucarest presenció el levantamiento popular contra Nicolae Ceaușescu y vio de cerca la caída violenta de una dictadura. Tan fuerte fue esa escena que la marcó para siempre. También la comparó con lo que vivía el pueblo cubano, atrapado durante décadas por el terror político y la imposibilidad de desafiar al poder sin pagar un precio altísimo.
Su regreso a la isla confirmó el nivel de improvisación y desprecio con que el aparato estatal trataba incluso a quienes lo sostenían desde el trabajo. Los embarcaron en una nave incompleta, con desperfectos, y por poco se hunden en el Mediterráneo. Para Jiménez, aquella travesía fue otra muestra de cómo el régimen sacrificaba vidas ajenas sin el menor reparo.
La exmarinera también describe la manipulación económica con la que el castrismo castigaba a sus propios trabajadores. Aunque en el extranjero les pagaban en dólares, dentro de Cuba esa moneda era tratada como pecado. O se gastaba afuera o se entregaba al sistema para recibir una carta especial, útil solo en las tiendas de marineros. La conclusión era clara: el trabajador cubano era dueño de nada, ni siquiera de lo que ganaba con su esfuerzo.
A esa explotación se sumaba la represión directa. Jiménez asegura que vio sacar de la empresa a marineros acusados de ser de la CIA solo por haber sido fotografiados en una comida en Venezuela. Después venían Villa Marista, los interrogatorios y la desaparición temporal. El mensaje era inequívoco: el miedo debía viajar con la tripulación para que nadie se atreviera a pensar por cuenta propia.
Desde el exilio, su lectura política se vuelve todavía más dura. En su barrio, dice, siguen viviendo dirigentes del Poder Popular y de la Vivienda que se sostienen gracias al dinero que manda la diáspora. Esa dependencia deja al descubierto una de las grandes hipocresías del régimen: mientras predica sacrificio y lealtad, vive del esfuerzo de los cubanos que tuvo que expulsar.
Jiménez no deposita ninguna esperanza en una salida dócil. Sostiene que la libertad solo llegará cuando el pueblo entero salga a la calle, sin dejar a nadie atrás. Habla de niños, ancianos y hasta de los animales como parte de una protesta total contra el poder. Su mensaje es el de una mujer que no cree en transiciones pactadas ni en reformas cosméticas: la dictadura solo cae cuando la calle se llena de cubanos decididos a romper el miedo.
El costo familiar de esa postura también ha sido alto. Su hija y sus nietos, afirma, han sido asediados en Cuba, y una sobrina profesora de secundaria sufrió un acto de repudio en la escuela donde trabajaba. El régimen sigue aplicando su vieja lógica de castigo colectivo: perseguir a los parientes para obligar al disidente a rendirse.
Jiménez defiende una reconstrucción nacional que comience por desmontar el adoctrinamiento en las aulas y por rescatar una salud pública hundida. Pero su planteamiento va más lejos: insiste en que no puede haber premio ni indulgencia para los responsables del desastre. Habla de cárcel, de rendición de cuentas y de limpiar el país de raíz. En su voz se resume una certeza que recorre a buena parte del exilio: Cuba no se va a enderezar mientras el castrismo conserve impunidad.

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