Moscú admite su debilidad tras la muerte de Jameneí

Moscú recibió la muerte del líder supremo iraní, Sayyid Ali Jameneí, como una señal incómoda de su propia fragilidad. El Kremlin dijo que está «analizando y extrayendo las conclusiones correspondientes» tras el golpe que perdió a uno de sus aliados más útiles en la guerra de Ucrania, mientras Vladímir Putin calificó el hecho de «asesinato».

La reacción rusa dejó claro algo más profundo que el lamento diplomático: el poder de Moscú ya no alcanza para proteger a quienes ha respaldado durante años. Dmitri Peskov, portavoz presidencial, admitió este lunes que el Kremlin toma nota de lo ocurrido, una frase que en la práctica equivale a reconocer que Rusia observa cómo se le desarman sus apuestas externas sin poder mover una sola ficha decisiva.

Jameneí había sido un socio estrecho de Putin y había suministrado drones, munición y otros equipos militares en los primeros dos años de la guerra en Ucrania. Su caída golpea a Moscú en el tablero internacional y vuelve a exhibir la dependencia rusa de regímenes que hoy se muestran vulnerables, expuestos y cada vez menos capaces de sostener el discurso de fuerza con el que se presentan ante el mundo.

El golpe tiene además un eco que en el Kremlin nadie puede disimular. Peskov recordó el caso de Libia, y Moscú vuelve mentalmente a 2011, cuando la decisión de no bloquear en el Consejo de Seguridad de la ONU la zona de exclusión aérea terminó en el derrocamiento y la muerte de Muamar el Gadafi. Aquel episodio marcó a Putin y alimentó su obsesión por aplastar cualquier protesta interna que huela a revuelta.

Desde entonces, Moscú ha actuado con una lógica de supervivencia política: salvó a Víktor Yanukóvich, intervino para sostener a Bachar al Asad y se ha movido siempre con la idea de que la caída de un aliado arrastra la imagen de debilidad del propio Kremlin. Esta vez, sin embargo, ni pudo defender a Maduro ni pudo proteger a Jameneí, y tampoco demuestra capacidad para romper el cerco energético estadounidense o evitar una futura caída del régimen castrista en Cuba.

La impotencia rusa también se filtró en el lenguaje de sus funcionarios. Peskov intentó justificar la falta de reacción con la ausencia de un acuerdo de asistencia mutua entre Moscú y Teherán, y hasta el BRICS quedó retratado como un bloque incapaz de ofrecer algo más que declaraciones. Rusia, que vende multipolaridad y alianzas estratégicas, aparece cada vez más aislada y con menos margen real de maniobra.

El conflicto en Irán además le dejó a Putin un saldo inmediato que sí puede celebrar: el alza de los precios del petróleo por el riesgo sobre el estrecho de Ormuz. Pero esa ganancia coyuntural no borra la imagen central que dejó este episodio: el Kremlin se mueve entre aliados debilitados, sin fuerza para sostenerlos y con una capacidad cada vez menor para imponer respeto fuera de sus fronteras.

Para La Habana, la lectura es directa. Si Moscú ya no logra blindar a sus socios más expuestos, mucho menos ofrece garantías a una dictadura cubana que sigue dependiendo de rescates externos para sostenerse. El castrismo mira estos reacomodos con la misma ansiedad con que ha seguido la caída de otros regímenes amigos: sabe que cuando se agota la protección de las potencias que lo apuntalan, también se acerca el momento de pagar la cuenta interna.

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