El Kremlin salió este jueves a respaldar la actuación de la Guardia Fronteriza cubana tras el tiroteo contra una lancha procedente de Florida, un episodio ocurrido frente a la costa de la isla que dejó cuatro muertos y seis heridos, según la versión oficial de La Habana. Con esa declaración, Moscú blindó políticamente a un régimen que vuelve a mostrar su reflejo habitual: disparar primero, justificar después.
El portavoz Dmitry Peskov dijo que los guardafronteras cubanos “actuaron correctamente” y que hicieron “lo que tenían que hacer” en esa situación. La cancillería rusa fue por el mismo carril y calificó la lancha como una “provocación” de Estados Unidos, mientras el aparato oficial cubano insistía en que la embarcación había disparado antes y que sus ocupantes eran cubanos armados, con antecedentes violentos y una supuesta misión terrorista.
La secuencia deja al descubierto algo más grave que el choque armado. El régimen intenta convertir un episodio de violencia en prueba de obediencia política, y para eso recurre a un guion que ya conoce de sobra: acusaciones máximas, cierre informativo y versión única. En esa lógica, los muertos y heridos desaparecen detrás de la propaganda, y la verdad queda secuestrada por el aparato de control estatal.
La propia narrativa oficial sufrió un golpe cuando al menos una de las personas identificadas apareció después con vida en Estados Unidos y fuera de cualquier custodia cubana. Ese detalle desmonta parte del relato con el que La Habana buscó presentarse como víctima de una infiltración armada. También deja mal parado al régimen, que no dudó en elevar la versión más conveniente antes de que los hechos quedaran claros.
Rubio dijo que Washington no tenía conexión con la lancha ni con sus ocupantes y que solo contaba con lo anunciado por el Ministerio del Interior cubano. La respuesta estadounidense abre una nueva capa de tensión, pero el centro del problema sigue en La Habana: un Estado que controla la información con mano dura y que usa el lenguaje de la seguridad para justificar fuerza letal en el mar.
El respaldo ruso no sorprende. Moscú lleva años sosteniendo a la dictadura cubana con dinero, combustible y cobertura política, incluso cuando la isla arrastra una crisis interna que castiga a las familias, destruye servicios y expulsa a miles al exilio. Ahora suma apoyo diplomático a un operativo que, por la propia información disponible, quedó marcado por contradicciones y por una respuesta mortal del régimen frente a una amenaza aún discutida.
En una Cuba donde el poder decide qué se cuenta y qué se oculta, un hecho así no se limita a un incidente fronterizo. Habla de un aparato que se siente autorizado a usar la fuerza sin rendir cuentas, protegido además por aliados que repiten el libreto oficial sin exigir transparencia. La consecuencia es siempre la misma: más impunidad para la cúpula y menos verdad para los cubanos.

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