Un bebé de diez meses murió este miércoles en Camagüey después de que el régimen admitiera que no podía garantizarle la cirugía que necesitaba. Darwin Daniel Sotolongo Cedres estuvo cuatro meses conectado a soporte vital en el Hospital Pediátrico de esa provincia, mientras su familia esperaba una solución que nunca llegó a tiempo.
La muerte del menor deja al descubierto otra vez el derrumbe del sistema de salud cubano, que la propaganda oficial sigue vendiendo como una conquista intocable. En este caso, la propia familia denunció que la operación capaz de salvarle la vida no podía hacerse en Cuba porque no había recursos ni personal especializado para asumir una intervención de esa complejidad. Esa confesión pesa más que cualquier discurso sobre “potencia médica”.
La madre del niño, Elizabeth Cedres Torres, explicó que su hijo padecía una estenosis traqueal grado 4, una malformación congénita severa que estrechaba la tráquea y comprometía su respiración. El menor permanecía en terapia intensiva y dependía de soporte vital desde hacía meses, pero la respuesta oficial fue buscar posibles convenios o contratos con otros países. La solución burocrática llegó tarde, como suele ocurrir cuando el aparato estatal convierte la urgencia médica en una espera sin salida.
El caso de Darwin Daniel no solo retrata el dolor de una familia en Camagüey. También exhibe la responsabilidad de un régimen que presume de universalidad y fortaleza mientras deja a un bebé sin cirugía, sin tecnología y sin la capacidad real de resolver una urgencia que exigía más que consignas. En Cuba, la salud pública sigue funcionando con el mismo patrón que en el resto del país: promesas arriba, abandono abajo.

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