El régimen cubano ha vuelto a usar el acceso a un servicio básico como recompensa política. Esta vez reparte paneles solares en viviendas de maestros, trabajadores de la salud, llamados héroes del trabajo y figuras alineadas con el poder, mientras la mayoría del país sigue hundida en apagones diarios que dejan a oscuras barrios enteros.
La maniobra confirma un patrón viejo del castrismo: administrar las carencias como mecanismo de control. Antes fueron autos estatales usados como si fueran privados, luego el plus en CUC para plazas clave y la caja de pollo mensual para custodios y serenos. Ahora el premio es la electricidad en casa, en medio de una crisis energética que castiga al cubano común con noches sin luz y rutinas deshechas por la oscuridad.
El reparto no responde a una lógica de justicia ni a un criterio de necesidad pública. Responde a la fidelidad política. El discurso oficial comenzó hablando de maestros y personal de la salud, pero la lista se amplió a otros beneficiarios cercanos al poder, exactamente los que el régimen necesita mantener disciplinados para que salgan a las marchas, repitan consignas y avalen el montaje político de siempre.
La consecuencia es tan clara como brutal: unos pocos garantizan su casa iluminada mientras el resto del país sigue sometido a la penuria eléctrica. En Cuba, tener corriente deja de depender del derecho del ciudadano y pasa a depender de la utilidad que cada cual tenga para la maquinaria de poder. Ese es el verdadero premio del castrismo: convertir un servicio esencial en soborno político.
La práctica también desnuda el cinismo de un sistema que habla de igualdad mientras opera con privilegios selectivos. En vez de resolver el colapso energético, el régimen escoge a quién le lleva alivio y a quién deja en el abandono. La luz, como antes el transporte, el salario o la comida, termina distribuida por obediencia. Y así el castrismo sigue gobernando: castigando al país y premiando la sumisión.

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