El Partido Comunista volvió a colocar la política por encima de la urgencia humana y desechó el ofrecimiento de ayuda de Estados Unidos para los cubanos golpeados por el huracán Melissa. Mientras cientos de miles de personas seguían lidiando con inundaciones, crecidas de ríos y la ausencia de servicios básicos, la dirigencia del régimen prefirió la confrontación ideológica antes que facilitar alivio inmediato a la población.
Roberto Morales Ojeda, secretario de Organización del Comité Central del PCC, calificó de indignante la oferta hecha por Washington y la presentó como una maniobra deslegitimada por el embargo y la permanencia de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo. Con ese discurso, el aparato político del castrismo cerró la puerta a una asistencia que, por definición, debía colocarse del lado de los damnificados y no de la propaganda oficial.
La reacción estadounidense llegó con un mensaje de solidaridad del secretario de Estado, Marco Rubio, en nombre del presidente Donald Trump, junto con una Declaración de Asistencia Humanitaria para Cuba. Washington dejó claro que estaba listo para enviar ayuda de forma inmediata, tanto directamente como mediante socios locales capaces de distribuirla con más eficacia entre quienes la necesitaran.
Ese mismo día, la cancillería estadounidense divulgó una hoja informativa sobre los mecanismos permitidos para canalizar donaciones privadas de alimentos, medicinas y otros bienes humanitarios hacia la isla en casos de desastre. El detalle mostró una disposición práctica para mover ayuda en medio de una emergencia, mientras La Habana seguía atada a su reflejo de confrontación política.
La respuesta dentro del propio aparato cubano reveló fisuras en el discurso oficial. El viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, confirmó que La Habana había entrado en contacto con el Departamento de Estado y esperaba precisiones sobre cómo se haría llegar la asistencia. Lianys Torres Rivera, jefa de la misión cubana en Estados Unidos, también admitió que existían contactos entre ambos gobiernos sobre el envío de ayuda humanitaria.
La contradicción dejó en evidencia el costo de la línea dura del PCC. Mientras Morales Ojeda cerraba filas con la retórica del régimen, otros funcionarios reconocían la necesidad de hablar con Washington para atender a una población castigada por el desastre. En un país donde la escasez, los apagones y el colapso de los servicios ya golpean la vida diaria, rechazar ayuda por cálculo político vuelve a mostrar la verdadera jerarquía del castrismo: primero la narrativa, después el pueblo.
Varios cubanos consultados por Martí Noticias se mostraron dispuestos a aceptar cualquier ayuda proveniente de Estados Unidos. Esa reacción, la más lógica en medio de una emergencia, contrasta con la rigidez de una estructura de poder que sigue usando el sufrimiento nacional como escenario de propaganda y ajuste ideológico.

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