Perú estrena otro presidente interino tras nueva destitución

El Congreso de Perú puso este miércoles a José María Balcázar al frente de la presidencia interina, en una nueva maniobra que confirma la fragilidad política del país. Con 83 años y desde la bancada de Perú Libre, Balcázar ganó la votación tras dos rondas y reemplaza a José Jerí, destituido luego de apenas 130 días en el cargo.

La sesión parlamentaria se extendió durante cuatro horas y terminó con una mayoría suficiente para aprobar la moción de censura contra Jerí, sumando otro capítulo a una década marcada por renuncias, destituciones y presidentes que no logran sostenerse en el poder. Balcázar se impuso a Edgar Reymundo, Héctor Acuña y María del Carmen Alva, en medio de un Congreso que volvió a resolver la crisis con un cambio de figura y no con una salida de fondo.

La sucesión constante habla de un sistema político exhausto, donde el relevo de nombres no ha devuelto estabilidad ni autoridad. Perú llega a este punto después de que el último mandatario en completar un mandato de cinco años fuera Ollanta Humala, quien gobernó entre 2011 y 2016 y hoy está en prisión, condenado junto a su esposa, Nadine Heredia, a 15 años por lavado de dinero.

Desde entonces, la cadena de quiebres no se ha detenido. Pedro Pablo Kuczynski dimitió en 2018; Martín Vizcarra fue removido por el parlamento en 2020; Manuel Merino duró apenas cinco días tras una ola de protestas; Francisco Sagasti asumió de forma provisional; Pedro Castillo fue destituido y encarcelado después de intentar cerrar el Congreso; y Dina Boluarte terminó fuera del cargo el 10 de octubre de 2025, en medio de una crisis de inseguridad y acusaciones de enriquecimiento ilícito.

Jerí heredó ese caos y cayó también. Su sustitución por Balcázar deja al país otra vez en manos de un presidente provisional, con elecciones previstas para el 12 de abril y 36 candidatos inscritos hasta ahora. La imagen que queda es la de una democracia atrapada en su propio desgaste institucional, donde la inestabilidad se convierte en rutina y el poder pasa de mano en mano sin lograr orden ni continuidad.

Para cualquier lector cubano, el cuadro resulta familiar en una sola dimensión: cuando las instituciones se vacían, el ciudadano paga la factura. En Perú, la rotación acelerada en la cúpula no resuelve la inseguridad, la corrupción ni el descrédito de la clase política. En Cuba, el régimen ha evitado esa competencia abierta a fuerza de control, censura y represión, pero el deterioro del poder también se ha impuesto sobre la vida diaria, con el mismo resultado de fondo: un país agotado y una población sin salida real.

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