Petroleros rusos se acercan a Cuba en plena crisis energética

Dos petroleros rusos avanzan hacia Cuba mientras la isla sigue atrapada en una crisis energética que ya dejó apagones prolongados, hospitales obligados a suspender operaciones y una economía paralizada por la falta de combustible. El movimiento de esos buques llega cuando el régimen cubano lleva más de tres meses sin suministros externos confirmados y busca oxígeno en rutas opacas, bajo sanciones y con la población pagando la factura.

La llegada posible de esos cargamentos importa porque Cuba depende del petróleo importado para sostener casi todo lo que mantiene viva una nación: transporte, generación eléctrica, servicios básicos y parte de la actividad industrial. Cuando ese flujo se corta, el golpe cae sobre la calle. Se agravan los apagones, se interrumpe el transporte público, se suspenden vuelos y los hospitales quedan expuestos a recortes que terminan castigando al paciente común.

Uno de los barcos, el Sea Horse, aparece bajo escrutinio desde principios de febrero. Datos de MarineTraffic y análisis de la firma Windward, citados por AFP, muestran que su ruta cambió varias veces y que durante largos tramos apagó el sistema AIS, una práctica usada para esconder la ubicación real del buque. En sus registros llegó a figurar con destino a Boston y después a Gibraltar, mientras su trayectoria real apunta a otro rumbo.

Windward también señaló que el petrolero habría recibido cerca de 190.000 barriles de diésel ruso frente a las costas de Chipre y que carece de seguro emitido por compañías occidentales. Ese tipo de operación no solo complica la aplicación de sanciones; también retrata el nivel de clandestinidad que rodea la salida de combustible hacia Cuba, obligada a moverse fuera de los canales normales de control financiero y marítimo.

El otro buque, el Anatoly Kolodkin, salió de Primorsk a principios de marzo con unos 100.000 toneladas métricas de crudo Urals, equivalentes a más de 725.000 barriles, con destino a la terminal de Matanzas. Según Kpler, y de acuerdo con reportes de The Guardian y Financial Times, su llegada a Cuba se esperaba para las primeras semanas de abril. Si se concreta, sería el mayor envío de petróleo ruso a la isla desde que Washington apretó todavía más el cerco sobre las fuentes de suministro.

La dependencia cubana queda al desnudo. La isla produce internamente apenas el 40% del petróleo que consume y el resto debía llegar, sobre todo, desde Venezuela, México y Rusia. Pero tras la captura del narcodictador Nicolás Maduro el pasado 3 de enero y la suspensión de los envíos venezolanos, la cadena quedó todavía más golpeada. México hizo lo mismo después de la presión diplomática y comercial de Estados Unidos, y desde entonces La Habana quedó obligada a improvisar salidas cada vez más precarias.

El régimen ha intentado presentar alternativas, desde proyectos solares promovidos por la prensa oficial hasta invitaciones tímidas a empresarios cubanos en el exterior. Nada de eso resuelve el fondo del problema: la destrucción de la infraestructura energética, la incapacidad estatal para sostener el sistema y la dependencia absoluta de aliados que operan bajo riesgo, sanciones y opacidad. En Cuba, el combustible escasea porque el aparato económico que sostiene la dictadura está agotado y porque la gestión del poder convirtió la energía en otra herramienta de control político.

Mientras tanto, la población sigue cargando con las consecuencias. Miguel Díaz-Canel ha reconocido públicamente la gravedad de la crisis y la necesidad de buscar salidas frente al bloqueo energético, una admisión que confirma la dimensión del colapso. Moscú, por su parte, mantiene su respaldo a La Habana y califica de inaceptable la presión de Washington. En el terreno real, el dato duro es otro: Cuba vive a merced de cargamentos que navegan con rutas dudosas, señuelos de destino y mecanismos pensados para esquivar sanciones, porque el régimen no logró garantizar algo tan básico como el combustible para sostener el país.

Lo que ocurre con estos dos petroleros retrata una economía sin autonomía y un Estado quebrado que empuja al país a sobrevivir entre apagones, hospitales limitados y un transporte cada vez más inservible. Cuando el abastecimiento depende de maniobras encubiertas y de socios bajo castigo internacional, la factura termina llegando al mismo de siempre: al cubano de a pie.

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