Donald Trump volvió a colocar a Cuba en el centro de la conversación política este viernes al hablar de una posible “toma amistosa y controlada” de la isla. La frase salió de la boca del presidente de Estados Unidos mientras abandonaba la Casa Blanca rumbo a Texas, en respuesta a una pregunta sobre el cambio de régimen en Cuba.
Trump insistió en que Cuba “necesita nuestra ayuda” y dijo que el secretario de Estado Marco Rubio está tratando el asunto “a un nivel muy alto”. Luego describió a la isla como una nación fallida, en decadencia y al borde del colapso, con una economía sin dinero, sin petróleo y sin alimentos. Su mensaje dejó clara una lectura política que Washington viene reforzando: el régimen cubano arrastró al país a una ruina que ya no puede esconder.
La respuesta más dura llegó desde María Elvira Salazar, que difundió las declaraciones del mandatario y cargó contra la dictadura cubana. La congresista recordó que durante más de seis décadas el régimen ha torturado opositores, encarcelado pastores, reprimido a golpes a manifestantes pacíficos y condenado a generaciones de cubanos al hambre, la oscuridad y el exilio.
Ese señalamiento toca el fondo del problema cubano. La crisis no vive solo en la escasez o en la precariedad material; nace de un sistema político que sostiene su poder con control, represión y propaganda, mientras deja vacía la vida cotidiana de la gente. Cuando un presidente estadounidense habla de una isla “en muy mal estado”, está describiendo el resultado de ese modelo, no una falla aislada ni un tropiezo pasajero.
Las declaraciones de Trump también colocan de nuevo a la cúpula castrista frente a una realidad incómoda: Cuba ya no puede presentarse como una simple disputa diplomática ni como una isla bloqueada por el exterior. El propio lenguaje de Washington apunta a un régimen incapaz de sostener al país y responsable directo del éxodo, el hambre y el deterioro que siguen golpeando a los cubanos dentro y fuera de la isla.

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