Prisoners Defenders denunció que alrededor de 60.000 presos en Cuba, casi la mitad de la población penitenciaria estimada de la isla, están sometidos a trabajos forzados bajo un sistema que la organización describe como inhumano, explotador y sostenido por razones económicas y punitivas. La acusación golpea directamente al régimen castrista, que convierte las cárceles en centros de producción donde el castigo penal se mezcla con la extracción de mano de obra barata, sin derechos laborales reales y bajo coacción.
El señalamiento aparece en el Primer Informe Integral sobre el Trabajo Forzoso en las Prisiones en Cuba, un documento de 42 páginas elaborado a partir de unas 160 entrevistas, 53 de ellas firmadas como declaración jurada, además de fuentes documentales. La investigación coloca sobre la mesa una maquinaria carcelaria que funciona de espaldas a la legislación internacional y a cualquier estándar mínimo de protección del trabajador.
Javier Larrondo, presidente de Prisoners Defenders, fue categórico durante la presentación virtual del informe. “Nos hemos encontrado una situación terrible. No tiene otro nombre que esclavitud”, afirmó. También calificó lo documentado como una “aberración” y algo “realmente repugnante”. La dureza de esas palabras coincide con la descripción de un sistema penitenciario donde los reclusos, políticos y comunes, trabajan bajo amenaza, con salarios inexistentes o puramente simbólicos y sin condiciones elementales de seguridad.
Según el informe, la mayoría de los presos afectados no firma contrato laboral ni recibe salario. En los casos en que existe algún pago, este no supera los cuatro dólares mensuales. La cifra resume el desprecio del régimen por la persona presa: horas extensas, producción exportable y una remuneración que apenas puede llamarse salario. Prisoners Defenders calcula que los reclusos trabajan como promedio 63 horas semanales en actividades como la producción de carbón vegetal de marabú, la zafra de caña de azúcar, la elaboración de tabacos y la construcción.
La denuncia incluye un patrón de abuso físico y psicológico. La inmensa mayoría de los entrevistados declaró trabajar sin herramientas adecuadas, sin protección laboral y sin descansos suficientes, expuesta a riesgos graves. El resultado, según el documento, ha sido un deterioro físico y mental severo. Todos los encuestados afirmaron haber sido forzados a trabajar mediante amenazas, violencia física o represalias. La gran mayoría aseguró además que fue obligada a cumplir esas labores pese a padecer enfermedades crónicas o lesiones incapacitantes.
El informe también apunta a una dimensión agravada del abuso: afrodescendientes y mujeres aparecen desproporcionadamente representados entre las víctimas del trabajo forzoso en las prisiones cubanas. Prisoners Defenders señala que esos grupos sufren formas adicionales de discriminación y violencia, incluida la sexual. La cárcel cubana, bajo esa lectura, opera como un espacio de control político, castigo social y explotación económica, donde las personas más vulnerables cargan con la parte más brutal del sistema.
Uno de los capítulos más sensibles de la investigación conecta el trabajo forzoso con las exportaciones. El documento sostiene que una parte importante de esa producción corresponde al carbón vegetal de marabú, obtenido de una mala hierba invasora cuyas ramas leñosas son apreciadas tras ser quemadas en condiciones controladas. Cuba exportó en 2023 unos 61,8 millones de dólares de carbón vegetal, lo que ubicó ese renglón como el sexto mayor rubro exportador de la isla y al país como noveno productor mundial.
Prisoners Defenders denuncia que ese carbón llega a mercados europeos, principalmente España, y también Portugal, Grecia, Italia y Turquía. España, a su vez, vende grandes cantidades de ese material a Francia, Italia, Alemania, Países Bajos y Reino Unido. La ruta comercial expuesta por la ONG muestra cómo un producto nacido en las cárceles de la dictadura puede terminar normalizado en cadenas de consumo europeas, mientras el preso cubano queda reducido a una pieza invisible del negocio.
El cálculo incluido en el informe es demoledor: por cada saco de 15 kilos vendido en España, un recluso cubano recibe menos de un centavo de dólar como promedio; los comercializadores en España perciben algo más de 21 dólares y el régimen cubano cerca de ocho. Esa distribución retrata el corazón económico de la denuncia: el preso aporta el cuerpo, la salud y el tiempo; otros se quedan con el dinero.
La ONG atribuye esa estructura a un “desmedido ánimo de lucro” del régimen cubano y de los comercializadores europeos, y pide a la Unión Europea actuar con diligencia debida para prohibir el comercio de lo que califica como “un producto de la esclavitud”. El informe cita además a 60 empresas europeas que comercializan carbón vegetal de marabú de origen cubano, algo más de un tercio de ellas españolas.
La denuncia alcanza también a la industria tabacalera. Prisoners Defenders afirma que al menos un 7,5 % de los puros cubanos se elabora mediante trabajo de reos forzados, incluidos productos exportados al resto del mundo bajo marcas reconocidas como Cohiba. La imagen del tabaco cubano como símbolo de prestigio internacional queda atravesada por una acusación grave: detrás de una parte de esa producción habría presos obligados a trabajar bajo un sistema de castigo y explotación.
Larrondo insistió en que el comprador tiene una responsabilidad directa en el trabajo forzoso y advirtió que el problema ha pasado inadvertido pese a su gravedad. También señaló que la comunidad internacional tiene responsabilidad ante un comercio que, según recordó, puede chocar con leyes europeas que prohíben comercializar productos del trabajo esclavo.
El informe deja al descubierto una economía penitenciaria que el régimen castrista mantiene fuera del escrutinio público. Presos sin contratos, salarios simbólicos, jornadas extenuantes, amenazas, violencia, discriminación y exportaciones hacia Europa forman parte de una misma cadena. La dictadura vende mercancía al mundo mientras esconde el costo humano dentro de sus prisiones.

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