El hambre empuja a cubanos a buscar comida en la basura

La imagen de una mujer hurgando en un tanque de basura en La Habana resume con una crudeza imposible de maquillar el país que el régimen intenta esconder detrás de consignas, canciones oficiales y retórica gastada. Esa escena, repetida en barrios donde la escasez marca el ritmo de la vida diaria, habla más de Cuba que cualquier discurso del poder.

Durante décadas, el comunismo cubano quiso fabricar una épica propia, una banda sonora para glorificar la llamada revolución y colocarla por encima de la realidad. El aparato de propaganda insistió en sus himnos, sus loas y sus relatos heroicos, mientras la vida concreta de la gente iba quedando arrinconada. La postal oficial pedía aplausos. La calle devolvía otra cosa: deterioro, hambre, cansancio y basura removida por personas que buscan algo para llevarse a la boca.

La libreta de racionamiento, presentada durante años como escudo de protección social, ya no alcanza para sostener a quienes dependen de ella. En esa distancia entre la promesa y el plato vacío aparece la mujer que mete las manos en la podredumbre. No lo hace por descuido ni por capricho. Lo hace porque la necesidad empuja hasta lugares donde la dignidad humana queda expuesta al sol, al mal olor y al juicio de los demás.

En los tanques termina lo que alguna familia pudo desechar después de un almuerzo o una comida. También acaba allí lo que se dañó por el calor, por la falta de refrigeración o por los apagones prolongados que golpean la rutina de los hogares. En un país donde cada alimento cuenta, hasta los restos atraen a quienes ya no encuentran respuesta en la bodega ni en las promesas del régimen.

La escena tiene una violencia silenciosa. Una mujer cubana se inclina sobre los desechos, revisa entre detritus, aparta lo podrido y recoge lo que pueda servirle ahora o más tarde. Alrededor pueden lloverle insultos: loca, sucia, indecente. La verdad pesa más que esas palabras. El hambre rompe pudores, desplaza límites y convierte un tanque de basura en una posibilidad de sobrevivir.

El régimen ha dedicado demasiada energía a cantarse a sí mismo y muy poca a responder por quienes no gobiernan nada, por quienes viven al borde del día siguiente, por quienes esperan la hora en que los vecinos sacan lo que el calor y la falta de electricidad echaron a perder. Esa espera revela una sociedad empobrecida hasta el hueso, donde la miseria ya no necesita explicación sofisticada porque se ve en cualquier esquina.

La Habana muestra esa fractura con una claridad brutal. No hace falta recorrer grandes distancias para encontrar señales del abandono: personas pendientes de los colectores, alimentos descompuestos que aún despiertan interés, cuerpos vencidos por la necesidad y una ciudad que normaliza escenas que ninguna sociedad decente debería aceptar. La propaganda puede seguir hablando de resistencia, pero la resistencia real la hacen los cubanos que intentan comer entre apagones, calor y escasez.

La basura convertida en recurso alimentario encierra además un riesgo evidente. Lo que allí se recoge viene mezclado con suciedad, putrefacción y enfermedad. El hambre, sin embargo, altera cualquier cálculo. Cuando una persona llega a ese punto, la amenaza sanitaria compite con una urgencia más inmediata: calmar el estómago, dormir con algo dentro, cargar un poco más en un recipiente para cuando vuelva el vacío.

Ese es el fracaso moral del castrismo: haber reducido a cubanos a buscar entre restos mientras el poder conserva su lenguaje triunfal. La miseria no se borra con música política ni con frases de ocasión. Tampoco se oculta llamando marginal a quien busca comida donde puede. La responsabilidad está en un sistema que exige obediencia, reparte escasez y luego pretende que el hambre ajena no manche su relato.

La mujer del tanque no es una excepción cómoda para apartar la mirada. Representa a muchos cubanos que han sido empujados a vivir de sobras, a depender de lo que otros botan, a medir el día por la posibilidad de encontrar algo antes de que la putrefacción lo vuelva inservible. Su imagen desarma el teatro oficial porque coloca el problema en el lugar exacto: una dictadura que no puede alimentar a su pueblo y todavía pretende que le canten.

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