Putin pierde apoyo en Rusia tras el golpe en Irán y el estancamiento en Ucrania

Vladímir Putin llega a marzo con un desgaste que ya se refleja en los sondeos rusos y con una imagen debilitada por dos frentes que el Kremlin no logra controlar: la crisis de su aliado iraní y el atasco militar en Ucrania. La caída de respaldo es el síntoma más visible de un poder que sigue hablando en clave de fuerza, pero acumula señales de fatiga política y militar.

Según la compañía VTSIOM, apenas un 32,1 % de los rusos mencionó al jefe del Kremlin como el político al que confiaría la gestión de las principales tareas del Estado. Es el nivel más bajo desde que comenzó la guerra en Ucrania en febrero de 2022. En marzo de 2024, casi la mitad de los encuestados, un 48,8 %, lo colocaba como su favorito. Ahora la base de apoyo se ha estrechado y el segundo lugar lo ocupa el ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov.

El dato importa porque muestra una pérdida de autoridad que va más allá de una mala semana en la propaganda oficial. También cayó la confianza general en Putin, del 80,5 % al 77,5 % desde el último sondeo en diciembre. Para un régimen que se sostiene sobre la idea de liderazgo incontestable, cualquier resquebrajamiento en la percepción pública pesa más de lo que admite la maquinaria estatal.

El malestar crece además por los cortes de internet que el Kremlin justifica en nombre de la seguridad. El más reciente comenzó el viernes pasado y golpeó con especial dureza a Moscú y San Petersburgo. No solo dejó incomodidades cotidianas: también provocó pérdidas importantes para los empresarios rusos, que en la capital se calculan en 63 millones de dólares. El régimen defiende esos apagones digitales con respaldo legal, pero la medida ha alimentado la irritación popular en vez de contenerla.

A eso se suma la ralentización de Telegram, convertido en una vía central de comunicación e información para unos 100 millones de rusos. Moscú empuja ahora su sustituto oficial, Max, bajo supervisión de los servicios de seguridad. El mensaje es claro: más control, menos libertad y más vigilancia sobre una sociedad que ya paga el precio de la guerra y de la censura tecnológica.

La presión externa también golpea la narrativa de fortaleza con la que Putin intenta sostenerse. En el entorno del Kremlin crece la lectura de que el líder ruso aparece como un dirigente débil, incapaz de defender a sus aliados de la ofensiva de Donald Trump, sea en Caracas o en Teherán. Incluso entre sectores ultranacionalistas se abre paso la idea de que Moscú queda expuesto cuando las autocracias amigas atraviesan una crisis.

La guerra en Ucrania agrava ese desgaste. Kiev asegura que ha recuperado cientos de kilómetros cuadrados en Zaporiyia y Dnipropetrovsk desde que el ejército ruso dejó de tener acceso a la red satelital Starlink. El Instituto para el Estudio de la Guerra también pone en duda las afirmaciones del Kremlin sobre el control de Donetsk y anticipa que la ofensiva rusa de primavera llegará debilitada. A la vez, los ataques ucranianos sobre la retaguardia rusa aumentan la sensación de inseguridad dentro del propio país.

Putin trató de recomponer el terreno con llamadas a Donald Trump y al presidente iraní, Masud Pezeshkian, pero sin ofrecer un resultado concreto que frene el deterioro. El cuadro que dejan estos sondeos es el de un mandatario que todavía concentra poder, pero ya no proyecta invulnerabilidad. Y cuando un régimen autoritario empieza a perder esa apariencia, la fisura se nota primero en la calle y luego en el resto del aparato.

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