Rafael Bordao carga en su biografía algo que el castrismo dejó sembrado en miles de cubanos: la persecución dentro de la Isla y sus efectos largos, venenosos, sobre la vida en el exilio. Su historia atraviesa La Habana, las cárceles, la vigilancia política, el desarraigo y la imposibilidad de cerrar heridas con un simple cambio de país.
Nacido en La Habana Vieja en 1951, Bordao recuerda una infancia marcada por una ciudad distinta y por el miedo que empezó a instalarse muy temprano. Su padre trabajó en la lucha clandestina contra Batista y llegó a ser detenido por la Policía; más tarde, la Revolución le torció el rumbo a toda la familia. En 1968, cuando apenas era un muchacho, cayó en la llamada “recogida de los hippies”: policías armados los detuvieron, los ficharon en Villa Marista y luego los enviaron al kilómetro 5½ de La Coloma, en Pinar del Río. La acusación era tan absurda como reveladora del control político de la dictadura: pelo largo, pantalones estrechos, música estadounidense, reuniones en el Hotel Nacional y guitarras en La Rampa bastaban para caer preso.
Bordao estuvo un año y 20 días encarcelado. Antes, su familia ya había intentado sacarlo del país por la Operación Pedro Pan, pero la Crisis de Octubre cerró esa vía. Después vinieron las expulsiones de la universidad, el señalamiento por “diversionismo ideológico”, la ley contra la vagancia y otra redada que lo mandó al Plan Plátano en Artemisa. Cada paso de su vida juvenil estuvo condicionado por el aparato represivo del régimen, que castigaba la diferencia y premiaba la sumisión.
Su salida de Cuba llegó con el Mariel, pero la huella del castrismo no terminó en el puerto. Bordao salió con su madre en medio de la angustia, tras una última despedida que ya no volvería a repetirse. Llegó a Cayo Hueso en un barco camaronero, pasó luego por Eglin, en Pensacola, y terminó reconstruyendo su vida en Estados Unidos con empleos duros, estudios universitarios y una carrera académica que lo llevó hasta dos maestrías, un doctorado y años de enseñanza en distintas instituciones.
También sostuvo una labor cultural notable. Fundó La Nuez en 1988 y después Sinalefa, revistas que dieron espacio a buena parte de la literatura cubana del exilio. Ese trabajo editorial convirtió a Bordao en una voz de referencia para una generación dispersa por la represión y el destierro. Pero ni siquiera esa distancia protegió del daño que el régimen sigue provocando: su madre murió en Cuba enferma, ciega y amputada, y él no pudo verla otra vez. Tampoco pudo regresar sin exponerse a un castigo o a una trampa fabricada por el poder.
La entrevista deja una verdad que el exilio cubano conoce demasiado bien: salir de Cuba no significa salir del castrismo. La dictadura persigue con expedientes, etiquetas y castigos; también con el despojo familiar, la separación forzada y el intento permanente de degradar a quienes se fueron. Bordao lo dice con claridad desde su experiencia: el régimen no solo controla la Isla, arruina trayectorias, rompe vínculos y sigue extendiendo su sombra mucho después de la salida.

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