La Habana ha vuelto a desempolvar la doctrina de la Guerra de Todo el Pueblo en medio de la escalada de tensiones con Washington y del fantasma de una intervención estadounidense que el régimen vincula al precedente venezolano. El movimiento exhibe a un poder que responde al miedo externo con reflejos de plaza sitiada y con un discurso pensado para cerrar filas dentro de la Isla.
La reaparición de esa doctrina dice mucho más que una simple actualización militar. En manos del castrismo, la defensa nacional funciona también como herramienta política: refuerza la obediencia, alimenta la narrativa del asedio y presenta al país como un territorio permanentemente amenazado. Así, el régimen vuelve a convertir la incertidumbre internacional en combustible para su control interno.
Ese recurso llega en un momento en que La Habana carga con una debilidad evidente. La respuesta oficial sigue anclada en la movilización ideológica, mientras la capacidad real del sistema está marcada por el desgaste económico, el aislamiento y el cansancio social. Ante la presión externa, el poder no ofrece apertura ni autocrítica; ofrece disciplina, consignas y más aparato militar.
La consecuencia cae sobre la población cubana, que queda atrapada entre la propaganda oficial y un clima de alarma que el propio régimen explota para sostenerse. Cada vez que la tensión sube, el castrismo se refugia en la lógica de confrontación y aplaza cualquier discusión seria sobre sus fracasos internos. La defensa del país termina sirviendo también para blindar a la dictadura frente a sus propios ciudadanos.

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