Desde Nueva York, el vicecanciller Carlos Fernández de Cossío repitió la vieja línea del régimen cubano: en Cuba no hay presos políticos, “ni uno solo”. La frase, lanzada durante una entrevista con Zeteo en plena Semana de Alto Nivel de la Asamblea General de la ONU, vuelve a dejar al descubierto el descaro con que la dictadura intenta borrar de un plumazo la represión que sostiene dentro de la isla.
Cuando el periodista Mehdi Hasan le recordó que Amnistía Internacional lleva años documentando encarcelamientos por motivos políticos en Cuba, Fernández de Cossío respondió que la organización carece de evidencias. Luego recurrió al mismo refugio ideológico de siempre: descalificar las fuentes porque, según él, están contra el socialismo. Es la maniobra clásica del castrismo, negar la realidad, atacar al mensajero y esconder el abuso detrás de consignas gastadas.
La escena resulta todavía más reveladora porque el funcionario habló en Nueva York mientras otros miembros del régimen, entre ellos Bruno Rodríguez Parrilla, también estaban allí para la agenda de la ONU. Mientras el aparato diplomático se presenta como interlocutor serio ante el mundo, adentro mantiene intacta la máquina represiva y afuera intenta vender una imagen falsa de legalidad y normalidad.
La negación no es nueva. En enero, el vocero Humberto López también salió a atacar a quienes señalaban que entre las 553 personas excarceladas había presos políticos. Después, una vicepresidenta del Tribunal Supremo de Justicia intentó blindar la narrativa oficial afirmando que entre esos liberados había delitos comunes y que la sedición “no es un delito político”. Pero los hechos terminaron desmontando esa versión: alrededor de 200 presos políticos salieron de prisión en aquella negociación.
La insistencia del régimen en negar lo evidente confirma su miedo a admitir la magnitud de la represión. Cuba sigue siendo un país donde pensar distinto, protestar o desafiar al poder puede costar cárcel, y la maquinaria castrista trabaja con disciplina para ocultarlo ante la comunidad internacional. La frase “ni uno solo” resume ese cinismo con precisión brutal.

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