El régimen monta un nuevo negocio con la gasolina

La Habana ya ve circular ofertas de gasolina importada en redes sociales y por vías de “contacto” que prometen entrega rápida, pagos desde el exterior y hasta supuestas garantías estatales. El movimiento revela algo más grande que una simple reventa: el régimen está abriendo un mercado paralelo con combustible mientras mantiene a la población atada a la escasez, los apagones y la dependencia del dólar.

Los anuncios hablan de precios entre 1.43 y 3.45 por litro, pero varios ni siquiera aclaran el origen del combustible y otros levantan más sospechas que confianza. En algunos casos, quienes responden dejan claro que no ofrecen garantías; en otros, aseguran tiempos de importación de días o menos de una semana. Esa mezcla de opacidad, urgencia y promesas sin respaldo es parte del negocio que ha empezado a moverse a la sombra de la crisis.

En medio de esa maraña aparece una frase que lo resume todo: “esto no es un negocio particular, esto es cien por ciento estatal”. Según lo que se ha podido confirmar, detrás de estas operaciones estarían entidades vinculadas a la Zona Especial del Mariel y a importadoras como EMSERPET, de Cupet. El combustible ya no se presenta solo como recurso energético; también funciona como mercancía controlada por la estructura estatal y como una nueva vía para extraer divisas.

La autorización a las mipymes para importar combustible abrió otro frente. A los pocos días ya existían al menos una docena de servicentros contratados en la Isla, en su mayoría ligados a empresas transportistas y negocios de logística. La rapidez con que aparecieron esos acuerdos contrasta con la incapacidad del régimen para sostener el abastecimiento del país en moneda nacional y deja al descubierto quiénes reciben prioridad cuando el combustible entra en juego.

Mientras tanto, los tanqueros de Rusia y México, destinados a la generación eléctrica, al transporte público y a otros servicios subsidiados, no logran llegar con la misma facilidad que los isotanques que alimentan este nuevo esquema. Ahí está la clave de fondo: el régimen administra la escasez como una oportunidad de negocio y empuja a los cubanos a pagar en dólares por todo lo que antes debía sostener como servicio básico.

La lógica es la misma de siempre. El castrismo ha mantenido al país en la miseria para conservar el control y ahora convierte esa ruina en mercancía. Si hay reservas, no aparecen para aliviar los apagones ni para mejorar la vida diaria; aparecen para dolarizar aún más la economía y para seguir exprimiendo salarios, remesas y ahorros en un mercado donde la población nunca manda.

También queda una lectura política incómoda para La Habana: cuando conviene, el régimen usa la narrativa del bloqueo para justificar su fracaso; cuando ve una ganancia, libera mecanismos, crea empresas, habilita contratos y saca combustible al circuito del dinero duro. La escasez de gasolina no solo expone el derrumbe energético del país. Expone un sistema que convierte cada crisis en un negocio propio.

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