Un crucero de Royal Caribbean tuvo que detener su ruta este domingo al sur de Cuba para rescatar a seis balseros cubanos que iban a la deriva en una embarcación casera. El Radiance of the Seas salió de Port Everglades, en Florida, con destino a Grand Cayman cuando, pasadas las cuatro de la tarde, detectó la lancha precaria y activó el auxilio.
La escena, descrita por un pasajero del barco, deja al desnudo el tamaño de la desesperación que empuja a tantos cubanos al mar. El bote hacía aguas, tenía el motor dañado y los ocupantes avanzaban a fuerza de remos. Desde el crucero lanzaron una embarcación de rescate, dieron vueltas alrededor de la balsa improvisada y terminaron subiendo a los seis tripulantes de dos en dos.
El dato más duro sigue siendo el mismo: nadie a bordo conocía las identidades de esos cubanos ni el punto exacto de la isla desde el que habían salido. Ese vacío habla de la clandestinidad con que miles de personas se ven obligadas a escapar, porque quedarse en Cuba ya no les ofrece trabajo, comida ni horizonte. El mar se ha convertido en la salida extrema frente a un país cerrado por el control político y por el fracaso económico del régimen.
El mismo fin de semana, la Armada de México rescató a otro grupo de siete balseros cubanos a la deriva cerca de Banco Chinchorro, en Quintana Roo. En ese caso, pescadores de la zona detectaron la embarcación rústica cerca de Mahahual y avisaron a las autoridades. Los tripulantes fueron hallados estables de salud pese a la travesía, y el grupo habría salido de Pinar del Río con personas de Matanzas, La Habana y Sancti Spíritus.
Dos rescates en pocos días, en zonas distintas del Caribe, confirman una realidad que el régimen no consigue ocultar: Cuba sigue expulsando a su gente por mar. Cada balsa interceptada o socorrida afuera de la isla carga la misma denuncia contra una estructura de poder que ha vaciado el país de futuro y obliga a sus ciudadanos a jugarse la vida para intentar vivir con dignidad.

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