Marco Rubio puso el dedo en la llaga que La Habana lleva años intentando maquillar: Cuba carece de una economía funcional. El secretario de Estado de Estados Unidos dijo que el problema de fondo del país es que “no tiene economía”, en una entrevista con Bloomberg durante su presencia en la Conferencia de Seguridad de Múnich.
La frase no cayó en el vacío. Rubio añadió que en la isla tampoco existe libertad de expresión, democracia ni respeto por los derechos humanos, y colocó el control político del régimen en el centro del derrumbe. Según su lectura, la cúpula castrista quiere dominarlo todo y por eso no encuentra una salida real a la crisis, aun cuando se le han planteado oportunidades para cambiar.
El señalamiento toca la raíz del desastre cubano: un sistema que ahoga la iniciativa privada, bloquea la autonomía ciudadana y convierte la economía en una extensión del poder político. Mientras el régimen insiste en administrar la escasez y repartir miseria con permisos, trabas y propaganda, la vida diaria de los cubanos sigue marcada por salarios hundidos, desabastecimiento y una dependencia total de decisiones tomadas arriba.
Rubio también dejó clara la línea que Washington quiere seguir: más libertad política y económica para el pueblo cubano. Esa fórmula, que el régimen rechaza de plano, apunta a una verdad incómoda para el castrismo: si el cubano puede sostenerse por sí mismo, el poder pierde una de sus herramientas más eficaces de control.
El propio secretario de Estado dijo que el modelo económico cubano fracasó y que la cúpula está en una situación desesperada porque ya no recibe subsidios de otros países. En paralelo, habló de la voluntad de la Administración Trump de ofrecer más ayuda humanitaria, aunque evitó entrar en detalles sobre el mecanismo o el alcance de esa política.
La lectura política es directa. Cuba no está atrapada solo por una mala administración ni por una coyuntura pasajera. Está hundida por un régimen que subordinó la economía a la obediencia, destruyó los incentivos para producir y convirtió la libertad en una amenaza para su supervivencia. Cuando desde Washington se habla de apertura y libertad económica, en realidad se está describiendo el punto exacto donde el castrismo se rompe: donde el ciudadano deja de depender del poder para comer, trabajar y vivir.

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