La Duma Estatal de Rusia ratificó por unanimidad el acuerdo de cooperación militar con Cuba firmado en marzo de 2025, un paso que formaliza una relación que el régimen de La Habana mantiene viva pese a su costo político y su carga simbólica para la región.
El pacto fue suscrito el 13 de marzo en La Habana y el 19 de marzo en Moscú. Según el sitio oficial del Parlamento ruso, su objetivo es fortalecer la colaboración en defensa y dejar una base jurídica para operaciones conjuntas. La embajada rusa en Cuba difundió la noticia y la acompañó con el discurso habitual de “nuevo impulso” bilateral, en una maniobra que vuelve a mostrar hasta qué punto La Habana insiste en amarrarse a Moscú mientras la isla se hunde en su propia crisis.
La ratificación llega, además, en un momento incómodo para el régimen cubano. Desde mediados de 2023 se han multiplicado las denuncias sobre cubanos reclutados por Rusia para pelear en la guerra de Ucrania, algunos atraídos con promesas de salarios altos y ciudadanía rusa, otros llevados a través de redes de tráfico humano. Washington ha condenado ese uso de ciudadanos de terceros países y ha advertido que el envío de cubanos al frente viola normas internacionales y contradice la supuesta neutralidad proclamada por La Habana.
El trasfondo histórico pesa. Rusia y Cuba arrastran vínculos militares desde los años 60, cuando la isla se convirtió en aliado clave de la URSS en el hemisferio occidental. La memoria de la base de Lourdes sigue viva, igual que la nostalgia de una presencia soviética que convirtió a Cuba en pieza de tablero durante la Guerra Fría. El diputado Víktor Sobolev celebró la ratificación evocando precisamente esa lógica: recordó la utilidad de Lourdes y subrayó que desde la isla Florida y Washington quedan cerca.
Ese tipo de discurso deja claro el sentido real del acuerdo. No se trata solo de cooperación técnica ni de diplomacia rutinaria. Moscú vuelve a mirar a Cuba como plataforma de presión en el Caribe, mientras algunos de sus legisladores insisten incluso en la idea de desplegar misiles nucleares, una provocación que remite a los días más peligrosos de 1962.
Otros miembros de la Duma reforzaron esa línea. Dmitri Nóvikov habló de la creciente importancia de América Latina para Rusia y atacó a Estados Unidos por la tensión en torno a Venezuela. Andréi Kartapólov recordó el incremento del intercambio técnico-militar en 2024, con la llegada de buques de guerra rusos al puerto de La Habana, y llegó a decir que los militares cubanos deben estudiar la experiencia rusa en Ucrania. El mensaje es inequívoco: el régimen cubano vuelve a ofrecer territorio, legitimidad y cercanía estratégica a una potencia enfrentada con Occidente.
En medio del aislamiento de Moscú por la guerra en Ucrania y del deterioro interno de Cuba, ambos regímenes intentan presentarse como socios estables. Para el Kremlin, la isla sirve como ficha de influencia en el hemisferio occidental. Para La Habana, el acuerdo abre otra vía de cooperación material y política en un momento de asfixia económica. El problema es el mismo de siempre: la supervivencia del régimen se apoya en alianzas opacas, en la militarización del vínculo exterior y en una subordinación que deja a Cuba más expuesta, más dependiente y más lejos de cualquier salida soberana.

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