La Seguridad del Estado volvió a enseñar su método más viejo: el amedrentamiento contra quien se atreve a decir en voz alta lo que vive el pueblo cubano. Yurisleidis Remedios, madre de varios hijos y residente en Santiago de Cuba, denunció que recibió una llamada en la que le ordenaron entregar a sus niños a familiares porque iban a buscarla para detenerla.
La advertencia salió a la luz en una transmisión en vivo por Facebook. Allí la mujer explicó que le dijeron que recogieran a sus hijos y que ella terminaría presa por hablar. Su frase quedó como síntesis del castigo político que pesa sobre cualquiera que rompa el silencio impuesto por el régimen: “Voy presa por no tener libertad de expresión”.
La amenaza llegó pocos días después de que se viralizara un video en el que Remedios cuestionó con dureza a Miguel Díaz-Canel por pedir “resistencia” al pueblo mientras las familias cargan con una crisis económica y energética devastadora. Su denuncia golpeó donde más le duele al poder: en la distancia obscena entre la propaganda oficial y la vida real, marcada por escasez, hambre y desesperación.
Durante la transmisión, la santiaguera insistió en que la llamada respondía a su decisión de decir la verdad sobre la falta de comida y la ausencia de libertades en Cuba. También dijo que estaba sola con sus hijos cuando lanzó el testimonio, un detalle que deja al desnudo la brutalidad de una maquinaria represiva que no vacila en presionar a una madre para intentar quebrarla.
Horas más tarde, Remedios volvió a denunciar en Facebook que había identificado al hombre que la llamó para amenazarla y publicó el número telefónico desde el que, según afirmó, recibió la advertencia, junto con una imagen del presunto represor en una videollamada.
Su caso confirma una realidad que el régimen intenta maquillar con propaganda y consignas: en Cuba, hablar de hambre, miseria y censura sigue siendo motivo suficiente para activar la intimidación estatal. Cuando una madre con hijos queda en la mira por decir lo que ve y lo que padece, la represión deja de ser una amenaza abstracta y se convierte en una orden directa contra la dignidad y la libertad.

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