La coalición Sumar volvió a poner a Cuba en el centro de su discurso político con una defensa cerrada de la isla frente a Estados Unidos y con el anuncio de un convoy humanitario que saldrá desde España hacia La Habana con medicinas, alimentos, baterías solares y otros insumos. La iniciativa llega acompañada de mensajes de Enrique Santiago, Alberto Ibáñez y Gerardo Pisarello, todos alineados en el mismo libreto: denunciar a Donald Trump, justificar la narrativa del bloqueo y presentar al régimen como víctima de una agresión externa.
El problema es que esa lectura borra lo esencial. En Cuba la escasez, los cortes eléctricos, la falta de medicamentos y el deterioro de los servicios básicos no nacen solo de sanciones externas. También responden a un sistema político que lleva décadas concentrando poder, destruyendo incentivos y dejando a la población atrapada entre el control estatal y la miseria cotidiana. Cuando dirigentes europeos repiten el guion de La Habana, terminan sirviendo de soporte a una maquinaria que vive de culpar a otros mientras administra el fracaso interno.
Enrique Santiago aseguró que el pueblo cubano ya superó la dominación de dos imperios y advirtió a Trump de que cualquier intento de tomar la isla se volvería amargo. Alberto Ibáñez calificó el bloqueo de “inhumano e ilegal” y Gerardo Pisarello presentó a Trump como un promotor inmobiliario incapaz de entender la historia cubana. Son mensajes políticos con un mismo destino: blindar al castrismo bajo la bandera de la soberanía y desplazar del centro del debate la responsabilidad del poder en la crisis que sufre la gente dentro de Cuba.
La salida del convoy hacia La Habana completa ese cuadro. La ayuda humanitaria puede aliviar necesidades reales de familias y centros golpeados por la escasez, pero también corre el riesgo de terminar absorbiéndose en la lógica de un Estado que controla la distribución, politiza cada gesto de solidaridad y convierte la urgencia social en propaganda. El régimen ha hecho de la carencia un argumento de resistencia, cuando en realidad la carencia es una prueba de su incapacidad para garantizar lo básico.
La operación política de Sumar encaja con una izquierda europea que sigue tratando a Cuba como símbolo antes que como país. Hablan de autodeterminación, de solidaridad y de soberanía, pero omiten a los cubanos que viven sin medicinas, con apagones y bajo un aparato que vigila, reprime y asfixia cualquier disenso. Esa omisión no es menor: sostiene al régimen en el terreno internacional y le da aire a una narrativa que ya no resiste la realidad de la isla.
Mientras en España se aplauden convoyes y consignas, en Cuba la población sigue pagando el precio de un modelo agotado. La defensa automática del castrismo, venga de Washington o de Madrid, termina siempre en el mismo lugar: más excusas para el poder y más abandono para los cubanos.

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