Un nuevo apagón volvió a dejar a Cuba a oscuras esta semana y encendió otra alarma sobre una crisis que ya castiga la vida diaria en la isla. Fue el tercer gran fallo de la red eléctrica desde diciembre, en un país donde la falta de combustible, la caída de la generación y la fragilidad del sistema se han convertido en rutina.
La oscuridad impactó de inmediato en la mesa, el hospital y el transporte. Los alimentos corren el riesgo de echarse a perder, se cancelan cirugías, las clases se reducen y los ómnibus recortan rutas. Cada corte de energía arrastra a la población a un día más de improvisación y penuria, mientras el régimen demuestra que no tiene capacidad para sostener lo básico.
En Washington, el Departamento de Estado señaló que los apagones reflejan la incapacidad del gobierno cubano para atender las necesidades elementales del pueblo. Marco Rubio insistió en que el sistema político de la isla necesita cambios drásticos. La respuesta de la Casa Blanca refleja una lectura dura sobre La Habana, pero la raíz del problema está a la vista dentro de Cuba: un modelo agotado que ha convertido la escasez en norma.
La presión sobre la isla también pasa por el petróleo. La reducción de los envíos desde Venezuela, sumada a las sanciones de Estados Unidos, ha dejado a Cuba con menos margen para mover sus termoeléctricas, el transporte y los servicios esenciales. El combustible está racionado con severidad y un funcionario cubano admitió que el sistema de salud se tambalea bajo ese peso.
La crisis eléctrica ya no es un sobresalto aislado. La red envejecida, las termoeléctricas deterioradas y la falta de mantenimiento han llevado al país a una dependencia casi total de soluciones precarias que no alcanzan. El régimen insiste en culpar las sanciones por la falta de piezas y equipos, pero la realidad que sienten los cubanos en cada apagón apunta a otra responsabilidad más honda: un aparato estatal incapaz de responder a una emergencia que ya se volvió permanente.
Detrás de cada apagón hay más que oscuridad. Hay comida perdida, consultas suspendidas, estudiantes fuera de las aulas y familias enteras obligadas a reorganizar su vida alrededor de una red eléctrica que no responde. Cuba sigue pagando, en carne propia, el precio de un sistema que administra la ruina y llama estabilidad a la escasez.

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