Donald Trump llegó prometiendo que no iba a meter a Estados Unidos en más guerras interminables y terminó haciendo exactamente lo contrario. En sus primeros 14 meses de regreso al poder, su administración ha atacado objetivos en al menos siete países y ha amenazado a otros seis con invasiones o anexiones, según un análisis citado por ACLED. El saldo deja al descubierto una política exterior marcada por la coerción, la expansión militar y el ruido de guerra como herramienta de poder.
La escalada no se limita a bombardeos puntuales ni a operaciones presentadas como quirúrgicas. Bajo su mando, el Departamento de Guerra ha intervenido con más agresividad que durante toda su primera presidencia, abriendo frentes en regiones nuevas y empujando conflictos que ahora se arrastran más allá de la propaganda de victoria rápida. En ese paquete entran ofensivas en Somalia, Irak, Yemen, Siria, Nigeria, Irán y Venezuela, además de amenazas directas contra aliados y vecinos.
Trump también ha convertido la intimidación verbal en parte central de su estilo. Ha hablado de Canadá como posible estado número 51, ha codiciado Groenlandia, ha presionado sobre el canal de Panamá y ha rebautizado el Golfo de México como “Golfo de América”. A eso se suma su costumbre de tratar a países enteros como piezas negociables, o como blancos legítimos si no obedecen su cálculo político.
La última gran ofensiva contra Irán, lanzada junto con Israel, ya se perfila como una guerra de mayor escala, con horizonte incierto y efectos que se extienden por Oriente Próximo. Antes vinieron los ataques a instalaciones nucleares iraníes, la campaña contra los hutíes en Yemen y los golpes en el Caribe y el Pacífico oriental bajo la bandera antidrogas. El patrón es claro: más fuerza, más amenaza y menos límites.
Para Cuba, esta conducta importa por una razón obvia. Trump ha mantenido la presión sobre la isla y ha dejado abierta la puerta a seguir empujando un cambio de régimen en La Habana. El castigo energético, el bloqueo petrolero y el cerco político ya han golpeado una crisis que el régimen arrastra desde hace años y que se expresa en apagones, escasez y abandono social. Cada endurecimiento desde Washington se siente en la calle cubana, donde el costo recae sobre la gente y no sobre la cúpula.
La lección política también alcanza al castrismo. Un sistema que ha destruido la economía nacional y ha convertido al país en rehén de sus propios errores no tiene margen moral para venderse como víctima ingenua del exterior. Trump actúa con el mismo desprecio por la estabilidad que el régimen cubano ha mostrado durante décadas hacia su propia población. Ambos usan la fuerza, el control y la propaganda como instrumentos de poder. En medio de ese choque, el cubano de a pie sigue pagando la cuenta.

Sé el primero en comentar