Trump atribuye a Rubio su lección de diplomacia

Donald Trump volvió a colocar a Marco Rubio en el centro de su gobierno al atribuirle, con tono de elogio, la enseñanza de cómo moverse en la diplomacia. La escena, dicha en Davos, confirma el peso que ha ganado el secretario de Estado dentro de la segunda administración republicana y deja ver hasta qué punto Rubio se ha convertido en una pieza clave del engranaje de poder de la Casa Blanca.

Trump contó que Rubio le explicó cómo tratar con Xi Jinping y usó como ejemplo una anécdota sobre el nombre con que se refiere al COVID-19. Según el propio presidente, el mandatario chino le pidió que dejara de hablar del “China virus” y él aceptó el cambio. La historia, expuesta ante empresarios y líderes reunidos en el Foro Económico Mundial, sirvió para que Trump se presentara como un político capaz de acomodar el lenguaje cuando le conviene, incluso frente a un régimen autoritario como el de Pekín.

El gesto también reforzó la imagen pública de Rubio como el hombre que mejor canaliza las prioridades exteriores de Trump. Hijo de inmigrantes cubanos y exsenador por Florida, el secretario de Estado acumula funciones y poder en un nivel poco común. Además de dirigir el Departamento de Estado, actúa como asesor de seguridad nacional y encabeza también el Archivo Nacional dentro de la administración. Esa concentración de responsabilidades lo convierte en una figura con una influencia difícil de ignorar dentro del gobierno estadounidense.

En Washington, Rubio ya no aparece solo como un funcionario de línea dura sobre Cuba y América Latina. Su perfil se ha endurecido con el paso de los años y su agenda exterior volvió a ganar visibilidad tras las operaciones de Estados Unidos en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro. Rubio había defendido durante largo tiempo la salida del dictador venezolano y había apostado por una política frontal contra el régimen de Caracas, primero con sanciones y luego con apoyo abierto a la oposición.

Trump llevó esa ofensiva un paso más allá al anunciar que Estados Unidos “dirigiría” Venezuela hasta lograr una transición pacífica. La maniobra desató cuestionamientos sobre su legalidad, especialmente por haberse ejecutado sin aprobación del Congreso. Rubio, por su parte, sostuvo que no hacía falta ese aval porque la operación no constituía una “invasión”. En ese punto quedó expuesta una línea de acción en la que la Casa Blanca empuja los límites institucionales mientras intenta vestir de normalidad decisiones de enorme alcance político.

El propio Trump remató su intervención con una señal de respaldo total a Rubio. Recordó que el Senado lo confirmó por unanimidad y se burló de quienes alguna vez dudaron de su ascenso. El mensaje fue claro: el presidente ve en Rubio a un aliado eficaz, dócil en lo esencial y útil para proyectar fuerza en política exterior. Para los cubanos, la paradoja resulta evidente. Un hijo del exilio cubano llegó a la cúpula de la diplomacia estadounidense con un discurso duro contra las dictaduras, mientras el régimen de La Habana sigue dependiendo del mismo tipo de respaldo ideológico y represión interna que él dice combatir.

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