La salida apresurada de miles de turistas canadienses dejó al descubierto el tamaño real del colapso aéreo en Cuba: vuelos suspendidos, aerolíneas devolviendo a sus pasajeros antes de tiempo y trabajadores hoteleros mirando cómo se les rompe, de golpe, la única entrada estable de ingresos que les quedaba. La canadiense Laurie Garbutt contó que las últimas horas en un resort se sintieron como una evacuación, después de que las compañías ordenaran el regreso inmediato de visitantes que todavía tenían vacaciones pendientes.
Garbutt relató su experiencia en un grupo de Facebook dedicado a reseñas de resorts en Cuba. Dijo que, al llegar al hotel, apenas bajó un pequeño grupo del autobús, pero que a la salida la escena cambió por completo: cuarenta personas embarcando al mismo tiempo, una recepción improvisada para viajeros de Montreal y un ambiente de preocupación que ya no se parecía al de unas vacaciones normales. Ese desorden resume lo que provoca la escasez de combustible de aviación en una isla donde el turismo depende de una logística que el régimen no consigue sostener.
Lo que más golpeó en su testimonio fue la mirada puesta en los empleados cubanos. La turista dijo que vio tristeza y resignación entre los trabajadores del complejo, conscientes de que sus medios de vida podían quedar suspendidos indefinidamente. En Cuba, cada cancelación de vuelos no afecta solo al visitante extranjero que recibe un reembolso o una reubicación; golpea de frente al camarero, al mesero, al chofer, al limpiador y a toda la cadena informal que sobrevive alrededor del hotel. Cuando el turismo se frena, el daño baja enseguida a la mesa de la familia cubana.
Los comentarios a su publicación reflejan esa misma mezcla de angustia y cansancio. Varias personas compararon lo ocurrido con 2020; otras expresaron dolor por los trabajadores cubanos y advirtieron que el cierre de hoteles traerá menos propinas, menos dinero circulando y más escasez cotidiana. También afloró el debate político: unos culparon al gobierno comunista por la ruina del sector, mientras otros apuntaron a Washington. Pero la realidad que queda a la vista es otra, y está dentro de la Isla: el régimen administra la emergencia, sostiene el discurso y deja que el costo lo paguen quienes dependen del turismo para comer.
El golpe no se limita a un resort ni a un grupo de pasajeros mal reubicados. Más de 10,000 turistas canadienses han sido llamados a salir de Cuba tras la suspensión masiva de vuelos por la falta de combustible y los problemas operativos en aeropuertos de la Isla. Air Canada frenó temporalmente sus operaciones, Air Transat hizo lo mismo y WestJet activó su propio retorno. Algunas estimaciones elevan la cifra de canadienses en territorio cubano hasta 25,000, una muestra clara de cuánto pesa ese mercado y de cuánto pierde Cuba cuando la infraestructura estatal se viene abajo.
El episodio confirma otra vez la fragilidad de un sistema que vende estabilidad mientras vive de la improvisación. Los turistas pueden salir, reclamar o esperar otro vuelo. Los cubanos que trabajan en hoteles y servicios asociados se quedan con el miedo, el salario recortado y la incertidumbre encima, en medio de apagones, escasez de combustible y una economía que sigue estrangulada por el fracaso del régimen.

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