La Unión Europea confirmó que reservará fondos para Cuba dentro de su paquete de 123 millones de euros para Iberoamérica y el Caribe en 2026, justo cuando la isla sigue hundida entre apagones, colas y escasez de combustible. La decisión vuelve a poner dinero europeo sobre una realidad que el régimen no logra sostener ni en lo más básico.
Bruselas dijo que mantiene coordinación con actores sobre el terreno y “contacto con socios humanitarios” ante la “dramática situación” en la isla. El lenguaje diplomático suaviza poco lo esencial: Cuba atraviesa otra emergencia cotidiana mientras el poder político permanece cerrado, sin ofrecer salida real a la crisis que golpea a la población.
La nueva tensión energética está marcada por la interrupción del suministro de petróleo procedente de Venezuela, durante años el principal sostén del sistema cubano. Con ese respaldo debilitado y el panorama regional cambiado, la escasez se ha vuelto más visible: estaciones cerradas, transporte paralizado y apagones más duros para una economía ya quebrada.
La responsabilidad del régimen queda al desnudo en ese escenario. En vez de corregir el fracaso interno o abrir espacio a reformas serias, La Habana sigue dependiendo de parches externos para aplazar el derrumbe. Europa, por su parte, vuelve a mover recursos públicos sin exigir cambios de fondo ni condiciones políticas que obliguen al poder cubano a responder por su desastre.
El patrón ya se había visto a finales del año pasado, cuando la UE envió cerca de dos millones de euros tras el paso del huracán Melissa. Ahora repite la fórmula ante el colapso energético: ayuda inmediata, cero presión real. Para el contribuyente europeo puede pasar como solidaridad; para los cubanos, significa sostener otra vez a un régimen que conserva el control político mientras la vida diaria se hunde.

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