Estados Unidos y el régimen cubano volvieron a sentarse a hablar más de una década después del acercamiento impulsado por Barack Obama, en un giro que reabre la discusión sobre un posible deshielo y sobre quién intentará sacar provecho de esa mesa. La conversación llega tras años de tensión, el congelamiento de las relaciones durante el primer mandato de Donald Trump y una crisis económica que ha ido arrinconando a la isla.
La señal más clara vino del secretario de Estado, Marco Rubio, al afirmar que el problema fundamental de Cuba es su economía. Esa frase confirma que Washington vuelve a mirar la isla desde la urgencia material, pero también deja al desnudo la ruina del modelo que el castrismo ha estirado hasta el agotamiento. La escasez, la inflación y el éxodo masivo son hoy la prueba diaria de ese fracaso.
El antecedente pesa sobre cualquier expectativa. Durante el deshielo de 2014, la administración Obama flexibilizó restricciones a los viajes, las remesas y las transacciones financieras, mientras La Habana liberó a 53 presos y permitió una mayor expansión del acceso a internet. Fue una apertura parcial, útil para el régimen, pero incapaz de mover un milímetro el poder real ni de abrir espacio a cambios políticos de fondo.
La experiencia terminó pronto. En 2017, Donald Trump cerró de nuevo el camino abierto por Obama y endureció la política hacia la isla. Desde entonces, el castrismo volvió a refugiarse en el discurso del cerco externo para tapar su propia responsabilidad en la ruina nacional. Cada intento de acercamiento ha dejado la misma lección: sin presión sobre la estructura de poder en La Habana, cualquier alivio económico termina administrado por la misma maquinaria que reprime, censura y bloquea reformas verdaderas.
Las nuevas señales de diálogo despiertan expectativas y recelos dentro de Cuba y en el exilio. Para una parte de la oposición y de la sociedad civil, cualquier negociación debe incluir la liberación de presos políticos y avances verificables en derechos humanos. Otros temen que el régimen vuelva a recibir concesiones sin tocar su monopolio político ni aflojar el control sobre la isla.
El momento actual es distinto al de 2014, pero el problema central sigue intacto: un sistema que se hunde económicamente y busca oxígeno fuera sin mover sus bases autoritarias. Por eso, la frase de Manuel Cuesta Morúa —“el cambio debe ser protagonizado por los cubanos”— resume la única salida con sentido político. Sin los cubanos dentro de la ecuación, cualquier negociación corre el riesgo de convertirse otra vez en salvación temporal para el régimen y en otra frustración para el país.

Sé el primero en comentar