Zoé Valdés volvió a cargar contra Leonardo Padura y lo señaló como un escritor puesto al servicio del régimen cubano. La autora, que vive en el exilio desde 1995 y se ha movido siempre en una línea de choque frontal contra La Habana, describió a su compatriota como “un policía del régimen” y “un escritorzuelo”, una acusación que vuelve a poner en primer plano la vieja disputa entre la voz oficial tolerada por la dictadura y la literatura que el exilio considera incómoda para el poder.
Las palabras de Valdés salieron en el marco de su participación en el Derecha Fest, celebrado en Mar del Plata, donde se mostró entusiasmada con Javier Milei y con el clima político que rodea a la nueva derecha en Argentina. Desde ese entorno, celebró también el papel de figuras libertarias y vinculó el presente cubano con décadas de control político, censura y miseria. En su relato, la literatura de Padura edulcora los horrores de la isla y suaviza lo que vive el pueblo cubano bajo una estructura de poder que no tolera voces verdaderamente libres.
La escritora fue más lejos al afirmar que el régimen le dio a Padura espacio para salir de Cuba con la misión de contrarrestar la voz de los exiliados, entre ellos la suya, la de Reinaldo Arenas y la de Guillermo Cabrera Infante. También lo acusó de haber llevado mensajes de Raúl Castro a Lula da Silva cuando este estaba preso, y de haber hecho propaganda por su libertad. En su lectura, esa conducta confirma una relación de conveniencia con el poder cubano y no una distancia crítica real frente a la dictadura.
Valdés insistió en que Padura opera como una pieza útil para el aparato cultural del régimen, mientras ella se mantiene en el exilio como una de las figuras más beligerantes contra el castrismo. La pelea entre ambos va más allá de una simple polémica literaria: expone la forma en que el régimen cubano fabrica, administra y proyecta ciertas voces para ocultar el daño real de su modelo político, mientras hostiga o margina a quienes lo denuncian sin concesiones.
En su intervención, también defendió la literatura como espacio de libertad y volvió sobre su propia trayectoria, marcada por el desarraigo y por una oposición abierta al castrismo. Desde esa posición, dejó claro que no le interesa la imagen amable que algunos escritores proyectan de la isla, ni la cercanía con un poder que ha convertido la cultura en un instrumento más de control ideológico.
La arremetida contra Padura vuelve a exhibir una fractura que el régimen ha intentado administrar durante años: la diferencia entre el escritor autorizado y el escritor perseguido, entre la celebración exterior y la realidad del cubano que sigue pagando la cuenta de una dictadura que lo controla todo. Valdés, con su estilo frontal, volvió a poner ese conflicto sobre la mesa sin rodeos.

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