Los rumores sobre Raúl Castro y el desgaste del régimen

La versión sobre la muerte de Raúl Castro volvió a correr por La Habana con la velocidad de cualquier murmullo que toca la cúpula del poder. Bastó un movimiento fuera de lo normal en uno de los hospitales y clínicas reservados para la élite militar y los jerarcas del régimen para que la historia se extendiera de boca en boca, como ocurre en un país donde la información real casi siempre llega rota, tarde y a oscuras.

La ansiedad que despierta ese rumor dice mucho del clima que vive Cuba. Hay quienes esperan esa noticia por lo que pueda significar sobre los apagones, porque en medio del colapso eléctrico hasta la posible muerte de un viejo mandamás se mira como una ventana breve de alivio. En la isla, la luz aparece y desaparece al ritmo de las necesidades del poder, que sabe cuándo conviene iluminar las calles para contener el malestar y cuándo dejar que la penumbra haga su trabajo.

Esa lógica forma parte del control político que ha sostenido al castrismo durante décadas. El régimen protege a su cúpula, administra el miedo y mueve recursos cuando le conviene impedir que la frustración popular se convierta en protesta abierta. La calle cubana ha aprendido a leer esos gestos: luz, vigilancia, silencio y represión siguen siendo piezas de un mismo mecanismo.

Raúl Castro ya pasó la barrera de los noventa años y arrastra el peso simbólico de un poder que envejece con él. Su muerte, cuando ocurra, no alterará por sí sola el andamiaje de represión y enriquecimiento que sostiene a la élite militar que manda en Cuba. Ese entramado vive de complicidades, silencios, oportunismos y cobardías que mantienen en pie a un sistema agotado pero todavía feroz.

También hablan los movimientos de quienes administran ese aparato. La visita de Manuel Marrero Cruz a las tumbas de Vilma Espín y de Luis Alberto Rodríguez López-Calleja revela la obsesión de la cúpula por buscar respaldo en su propio cementerio político, como si los muertos pudieran acelerar una sucesión que el régimen no quiere reconocer de frente. Sostener a ese nonagenario en medio de la crisis actual resulta cada vez más costoso, incluso para quienes viven de prolongar la ficción.

El castrismo sigue dependiendo de esa maquinaria envejecida que convierte la decadencia en método de gobierno. Por eso la eventual muerte de Raúl Castro puede traer ruido, duelo oficial y maniobras de propaganda, pero no cambia la estructura que ha condenado al país a la miseria, la vigilancia y el miedo. El problema de Cuba está en el poder que sobrevive, no en un apellido cansado.

Las muertes que de verdad pesan en la isla son otras: las que provoca el hambre, el abandono y la angustia cotidiana. Mientras la cúpula se blinda hasta el último día, el pueblo paga el precio completo de un régimen que ha hecho del control político una forma de permanencia.

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