El preso político cubano José Antonio Pompa López permanece en una situación delicada dentro de la prisión de Agüica, en Matanzas, después de haber reportado síntomas de un virus poco tiempo tras abandonar una huelga de hambre de 30 días.
Su estado ya estaba comprometido antes de ese episodio por problemas renales, una condición que el régimen ha dejado agravarse en el entorno carcelario, donde la atención médica llega tarde, mal o sencillamente no llega. En el caso de Pompa López, la combinación entre la huelga, la enfermedad y el virus reportado vuelve a exponer el costo humano de la represión penitenciaria en Cuba.
La prisión, lejos de ofrecer garantías mínimas, aparece otra vez como un espacio de castigo sostenido, donde la salud del preso depende de la presión pública y de la denuncia de su caso. Cada señal de deterioro confirma el abandono al que son sometidos los opositores encarcelados por la dictadura, mientras el aparato represivo mantiene intacto su trato cruel contra quienes considera adversarios políticos.

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