Tres niñas cubanas dependen de generadores para poder respirar en casa

En Cuba, donde el régimen presume una salud pública “gratuita” mientras la red eléctrica se cae a pedazos, tres niñas gravemente enfermas necesitan generadores para poder seguir viviendo en sus casas. La campaña impulsada por la periodista cubana Mónica Baró Sánchez abrió una vía de ayuda urgente para Valentina, Yeilín y Milena, con una recaudación que apenas supera los 715 dólares y que todavía está lejos de cubrir la necesidad real.

El dato central es brutal: la vida de estas menores depende de equipos médicos que no pueden apagarse cuando llega un corte de luz. No se trata de una incomodidad doméstica ni de una falla ocasional. Se trata de respiradores, dispositivos de alimentación asistida y aparatos neurológicos que deben funcionar de manera continua, en un país condenado a los apagones y a la improvisación permanente.

La campaña busca comprar tres generadores eléctricos especializados, no plantas comunes, además de cubrir transporte e instalación. La distinción importa porque lo que está en juego es la continuidad de tratamientos que sostienen la vida en el hogar, lejos del hospital y de la fragilidad de las salas abarrotadas. Para estas familias, tener electricidad estable significa poder dormir sin miedo, alimentar a sus hijas y evitar que un apagón convierta la casa en una trampa.

Valentina Ramos, de un año y nueve meses, nunca ha salido del hospital. Después de un episodio grave al nacer, necesitó traqueotomía y gastrostomía. Respira y se alimenta con asistencia médica, y aunque aún no tiene un diagnóstico definitivo, los médicos sospechan atrofia muscular. Su familia quiere llevarla a casa, pero sin un generador cada apagón puede convertirse en sentencia.

Yeilín, de dos años, padece atrofia muscular espinal tipo 1. Un paro respiratorio la dejó conectada de forma permanente a un respirador mecánico, y su vida depende de que ese equipo funcione las 24 horas. Vive prácticamente pegada a la terapia, con una hermana mayor y un hermano gemelo al que casi no conoce porque permanece ingresada. Cada interrupción del servicio eléctrico la coloca al borde del desastre.

Milena Acosta, de seis años, sufre el síndrome de Lennox-Gastaut, un trastorno neurológico severo que le provoca epilepsias frecuentes. Su padre ha tenido que atenderla de madrugada, en medio de la oscuridad, sin poder usar equipos médicos ni comunicarse con emergencias. El drama familiar revela una realidad extendida: en Cuba, la enfermedad grave depende demasiado de la suerte y demasiado poco del Estado.

Baró explicó que las familias entregarán facturas y recibos como prueba de transparencia sobre el uso del dinero recaudado. La meta es sencilla y a la vez demoledora para cualquier país que se reclame mínimamente funcional: conseguir que tres niñas puedan respirar, alimentarse y vivir en casa sin quedar a merced de un apagón.

La campaña deja al descubierto el derrumbe de las promesas oficiales. El régimen ha convertido la escasez de medicamentos, la falta de insumos y la inestabilidad eléctrica en una carga diaria para los más vulnerables. Cuando una familia cubana tiene que acudir a la solidaridad internacional para sostener la respiración de una niña, el discurso de la salud pública se cae solo. Lo que queda es un país donde la propaganda promete cuidado, pero la realidad entrega abandono.

Una campaña de ayuda busca comprar generadores para Valentina, Yeilín y Milena, tres niñas cubanas cuya supervivencia depende de la electricidad continua.[28],

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