La Habana volvió a mirar hacia la bicicleta como tabla de salvación después del corte del suministro de combustible que paralizó el transporte y empujó a miles de cubanos a resolver como puedan sus desplazamientos diarios. La escasez de gasolina y diésel ya no golpea solo a choferes y negocios: reorganiza la vida entera de la capital y deja al descubierto otra caída más del régimen, incapaz de sostener lo básico.
La crisis energética se agravó tras la interrupción de los envíos de petróleo venezolano, principal fuente de energía para Cuba durante más de 25 años. Ese golpe desnudó la fragilidad de un país que dependió durante décadas de un abastecimiento externo y que hoy paga el precio de su propia ruina productiva y de una economía sometida a controles, carencias y parches improvisados.
En la calle, la respuesta ha sido elemental. Muchos habaneros sacaron bicicletas guardadas durante años, arreglaron ruedas y neumáticos, y otros aprendieron a pedalear por primera vez. Lo que antes era una opción de recreo o de emergencia quedó convertido en la única forma viable para llegar al trabajo, hacer una gestión o simplemente moverse por la ciudad.
La organización comunitaria Citykleta lanzó la campaña “Aprende a Pedalear” y terminó convocando a cientos de personas, un dato que resume mejor que cualquier discurso el tamaño del desorden. La iniciativa desbordó las expectativas de su organizador, Yasser González, porque la necesidad se impuso sobre la costumbre y sobre cualquier otra alternativa de transporte.
El costo del traslado también ha empujado a más cubanos a subirse a una bicicleta. Gabriela Barbon, de 23 años, dijo a Reuters que el precio del viaje en auto se triplicó. En un país donde cada aumento se siente de inmediato en el bolsillo, ese salto convierte el transporte en una carga más para familias ya castigadas por salarios insuficientes y servicios cada vez más precarios.
Yixander Díaz, de 27 años, contó a AFP que dejó su trabajo como taxista y pasó a la albañilería. Ahora pedalea desde su barrio hasta el centro de La Habana. Su testimonio retrata el deterioro del empleo y la fragilidad del trabajador cubano, obligado a reinventarse una y otra vez para no quedarse sin sustento.
El régimen, mientras tanto, mantiene prohibida la venta de diésel y restringida la de gasolina. También anunció que sostendrá los salarios del sector público y dispuso una semana laboral de cuatro días para enfrentar la emergencia en el transporte. Son medidas de supervivencia, no de gobierno, y confirman que el aparato estatal apenas administra la escasez que él mismo no sabe resolver.
La crisis pega sobre toda la cadena económica. La consultora privada Auge estimó que el 96,4 % de las pequeñas y medianas empresas privadas enfrenta impactos “severos” o “catastróficos”. Los cortes de electricidad obligan a cerrar temprano y la falta de diésel impide mover mercancías desde el puerto de Mariel hacia el interior del país, lo que agrava el desabastecimiento en comercios y mercados.
La dependencia alimentaria empeora el cuadro. Cuba importa el 80 % de lo que consume y, con menos combustible y más apagones, los vendedores de frutas y verduras no pueden reponer productos con regularidad. La cadena se rompe en cada tramo y el resultado cae sobre la mesa de la gente, que paga más por menos y vive con menos opciones cada semana.
Quienes pueden permitírselo han empezado a instalar paneles solares en hogares y negocios desde inicios de 2026. Esa salida confirma otra realidad conocida en la isla: el que tiene algún recurso compra alivio, y el que no lo tiene queda atrapado en la oscuridad, el transporte roto y la improvisación cotidiana que el régimen presenta como normalidad.
La bicicleta volvió por necesidad, no por moda ni por nostalgia. En La Habana, su regreso habla de un país empujado hacia atrás por la falta de combustible, la caída de la generación eléctrica y la incapacidad del poder para sostener siquiera el movimiento elemental de su propia capital.

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