Cuba volverá a entrar este domingo en una jornada de apagones largos y simultáneos, con afectación en el 58,2 % del territorio durante el horario pico, el tramo de mayor consumo, según el pronóstico de la Unión Eléctrica (UNE). El país sigue sometido a un colapso energético que el régimen no ha sabido resolver y que ya forma parte de la vida diaria de millones de cubanos.
La crisis eléctrica atraviesa uno de sus peores momentos desde mediados de 2024. En la semana, el déficit llegó a golpear hasta el 62 % del territorio, con interrupciones del servicio que en buena parte del país superaron las 20 horas diarias. Esa realidad castiga hogares, centros de trabajo y servicios básicos, mientras la estructura estatal insiste en administrar la escasez como si fuera normalidad.
Para la tarde-noche, la UNE prevé una capacidad de generación por debajo de la demanda máxima de 3.100 MW. El déficit estimado será de 1.775 MW y la afectación real alcanzaría 1.805 MW. La brecha entre lo que Cuba necesita y lo que logra producir vuelve a dejar al descubierto un sistema al límite, incapaz de sostener una jornada sin cortes masivos.
Las causas del desastre están señaladas incluso por el propio Gobierno cubano: averías frecuentes en las centrales térmicas, décadas de explotación acumulada, mal estado técnico y falta de divisas para importar combustible. A eso se suma una gestión estatal que ha convertido la electricidad en otro símbolo del desgaste del modelo impuesto desde 1959.
El corte del suministro de crudo venezolano hacia Cuba, tras las presiones de Estados Unidos después de la caída del presidente Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, también agrava la situación. Menos combustible significa menos generación, y eso empuja a la red eléctrica a una fragilidad todavía mayor.
La UNE informó además que nueve de las 16 unidades termoeléctricas operativas están fuera de servicio por averías o mantenimientos. Esa fuente aporta, de media, alrededor del 40 % del mix energético del país, de modo que cada fallo en esas plantas golpea de inmediato al resto del sistema.
Otro dato que refleja la gravedad del cuadro es que la empresa estatal ha dejado de precisar cuántos motores de generación distribuida están fuera de servicio por falta de diésel, fueloil y lubricante. Esa omisión dificulta medir el alcance real de la parálisis, aunque las propias cifras publicadas apuntan a un aumento de las unidades detenidas.
Expertos independientes sostienen que la crisis responde a una infrafinanciación crónica de un sector completamente en manos del Estado. Sus cálculos estiman que harían falta entre 8.000 y 10.000 millones de dólares para sanear el sistema eléctrico. Esa cifra resume el fracaso de un aparato que centralizó todo y terminó dejando al país a oscuras.
Mientras tanto, el régimen vuelve a culpar a las sanciones estadounidenses y habla de “asfixia energética”. La realidad que vive el cubano es otra: apagones prolongados, economía golpeada y un malestar social que ya encontró en la falta de luz uno de sus detonantes más visibles. Desde 2020, la economía se ha contraído más de un 15 %, según cifras oficiales, y la crisis eléctrica ha sido gasolina para las principales protestas de los últimos años.
En Cuba, la oscuridad dejó de ser un síntoma pasajero. Es una condena cotidiana impuesta por el fracaso del régimen.

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